zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

ALEATORIUM: Saca un poema de nuestro almacén

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martes, 28 de marzo de 2017

Hay una valla (por Aníbal Núñez)


Nada queda de nuestro
palomar blanco, donde
sentimos el primer
vértigo nada queda
del almendro en el que
imaginábamos lianas
y éramos dos tarzanes nada queda
de la tapia que el mundo dividía
en territorio apache
y en territorio sioux nada queda
del cuarto de las ratas
que olía a viejas historias y tampoco
queda nada me han dicho
de la terraza ni de la
galeria de cristal donde el sol en invierno
se acurrucaba como un gato nada
queda de la escalera
de caracol ya nada
del jardín con castaños con acacias
con ¿qué? donde aprendimos a montar
en bicicleta nada
queda de nuestra casa
primera
Hay una valla
y detrás nada, los expertos
han medido el terreno con sus metros cuadrados
con sus gafas cuadradas han aojado el terreno
con sus zapatos negros han sumado la tierra
de nuestra infancia que hoy no tiene
dónde meterse:
está prohibido
el paso a los ajenos a la obra.



lunes, 27 de marzo de 2017

Justo bajo la superficie (por Margaret Atwood)


Fue tomada hace poco.
Al principio parece
una impresión
difuminada: líneas borrosas y manchas grises
mezcladas con el papel;

luego, mientras la examinas,
distingues algo en una esquina a la izquierda
algo así como una rama: parte de un árbol
(bálsamo o abeto) que emerge
y luego, a la derecha, subiendo a la mitad del cuadro
lo que podría ser una leve pendiente,
una choza pequeña.

Al fondo hay un lago,
y más allá, algunas colinas bajas.

(La fotografía fue tomada
un día después de haberme ahogado.

Yo estoy en el lago, al centro
de la imagen, justo bajo la superficie.

Es difícil decir en dónde
exactamente, o decir
qué grande o pequeña soy:
el efecto del agua
a la luz es una distorsión.

pero si observas lo suficiente
tarde o temprano
me podrás ver).




domingo, 26 de marzo de 2017

Alegría triste (por Fernando Pessoa)


La sensación de la convalecencia, sobre todo si se ha hecho sentir malamente en los nervios de la enfermedad que la ha precedido, tiene algo de alegría triste. Hay un otoño en las sensaciones y en los pensamientos o, mejor dicho, uno de esos principios de primavera que, salvo que no caen hojas, parecen, en el aire y en el cielo, el otoño.

El cansancio sabe bien, y lo bien que sabe duele un poco. Nos sentimos un poco aparte de la vida, aunque en ella, como en el balcón de la casa de vivir.

Somos contemplativos sin pensar, sentimos sin una emoción definible. La voluntad se tranquiliza, pues no hay necesidad de ella.

Es entonces cuando ciertos recuerdos, ciertas esperanzas, ciertos vagos deseos suben lentamente la rampa de la conciencia, como caminantes vagos vistos desde lo alto del monte. Recuerdos de cosas fútiles, esperanzas de cosas que no dolió que no fuesen, deseos que no tuvieron violencia de naturaleza o de emisión, que nunca pudieron querer ser.

Cuando el día se ajusta a estas sensaciones, como hoy que, aunque estío, está medio nublado con azules, y un vago viento por no ser caliente es casi frío, entonces se acentúa ese estado del alma en que pensamos, sentimos, vivimos estas impresiones. No es que sean más claros los recuerdos, las esperanzas, los deseos que teníamos. Pero se siente más, y la suma incierta pesa un poco, absurdamente, en el corazón.

Hay algo de lejano en mí en este momento. Estoy de verdad en el balcón de la vida, pero no exactamente de esta vida. Estoy por encima de ella, y viéndola desde donde la veo. Yace delante de mí, bajando en escalones y resbaladeros, como un paisaje diferente, hasta los humos que hay sobre las casas blancas de las aldeas del valle. Si cierro los ojos continúo viendo, puesto que no veo. Si los abro, nada más veo, puesto que no veía. Soy todo yo una vaga añoranza del presente, anónima, prolija e incomprendida.



sábado, 25 de marzo de 2017

Entre los dos (por Roberto Juarroz)



La insana condición

de no poder pensar juntos,

de no poder pensar en común,

de no poder concebir entre los dos un pensamiento,

nos separa sin remedio.


Por eso la tentación mayor

de dos seres que se aproximan

es fundar un nuevo dios,

un dios que se comprenda a sí mismo

y corrija este error,

este trauma fatal

de los dioses partidos.



viernes, 24 de marzo de 2017

Exiliados en nuestro propio ser (por Dylan Thomas)



Una vez hubo un salvador
más precioso que el radium
más simple que las aguas, más cruel que la verdad;
reunidos por su hablar
los niños se alejaban del sol
para oír la nota de oro dar vueltas en un surco,
los prisioneros de sus deseos encerraban los ojos
en las cárceles y el indagar de su sonrisa sin llave.

Desde un erial perdido
voces de niños cuentan
que una calma se hacía en su inquietud segura,
cuando el hombre opositor hería
al hombre, al animal, o al pájaro
ocultamos el miedo en ese aliento asesino,
silencio, silencio que guardar cuando la tierra se volvió ruidosa
en las cuevas y asilos del tremendo alarido.

Se dejó oír la gloria
en las iglesias de sus lágrimas,
suspirabas cada vez que su brazo velludo te golpeaba,
oh tú que no pudiste llorar
sobre la tierra cuando un hombre moría,
derramaste una lágrima de gozo en el diluvio sobrenatural
y apoyaste la mejilla en una caracola con figura de nube.
Ahora estamos solos tú y yo en la oscuridad.

Dos ennegrecidos hermanos orgullosos
encerrados en el invierno lado a lado
le gritan a este inhóspito año hueco.
Oh nosotros que ni esbozar logramos
un pálido suspiro cuando oímos
golpear a la codicia en nuestro prójimo y quemar al vecino
pero acurrucados y lastimeros en el muro celeste
ahora soltamos una lágrima enorme por la caída pequeña que supimos,

por los hogares derribados
que no alimentan nuestros huesos,
ni las muertes valientes de unos pocos que jamás hallamos,
mira ahora solitario en nosotros
cómo nuestro genuino polvo de extranjeros
cabalga por las puertas de nuestra casa inexplorada.
Exiliados en nuestro propio ser levantamos
desatado, sin brazos, el amor sedoso y áspero que deshace todas las rocas.



jueves, 23 de marzo de 2017

Ah de los subalternos (por Antonio Gamoneda)



Nos vigilan subalternos políticos y presidencias blancas, asistidas éstas por
subsecretarios muy dóciles.

Ah de las presidencias,
ah de los subsecretarios, ah de los subalternos.

Corre­lativamente,

ah de los arpegios bursátiles y de los sodomitas eclesiásticos y de los ministerios engalanados

con suicidas colgantes, ah
de los inquilinos humanos.


Pensándolo bien, pensándolo,

ah de los viernes y de los domingos, ah de los
contables ecuánimes y de las cuentas

de plusvalía y llanto.
Ah de los ancianos que se orinan,

y de las multinacionales enfermas, y de mi abuela Clara, guarnicionera, viu­da sollozante

ante el gran panadero.

Ah

de los pensadores eméritos y de las comadronas
pretéritas.

ah de los párrocos.

Pensándolo mejor, pensándolo,
ah también de mis hijas y de sus cámaras

fértiles, y de sus hombres perdidos y de sus hombres hallados, ah de los tris­tes húmeros de mi amor tan amado, ah

de los mendigos insolventes.


Y finalmente,

pensándolo aún mejor, ah de las manos de mi padre y de las manos de mi madre, ambas cuatro ofrecidas a coleópteros ciegos.


Y más finalmente aún, apenas, mínimamente,
ah también de mi corazón ya amarillo,

inútilmente

cansado.




miércoles, 22 de marzo de 2017

Y los momentos que debieran durar para siempre (por Kenneth Rexroth)



Las estaciones cambian y los años pasan

sin ayuda ni vigilancia.

La luna, sin pensarlo,

cumple su ciclo, llena, creciente, y llena.


La luna blanca entra en el corazón del río;

el aire está lleno del perfume de las azaleas;

profundo en la noche, el cono de un pino cae;

nuestra fogata muere en la vacía montaña.


Las estrellas brillantes tiritan entre las trémulas ramas;

el lago es negro, sin fondo en la noche cristalina;

alta en el cielo, la Corona del Norte

es partida en dos por la oscura cumbre de un monte nevado.


Oh corazón, corazón, tan singularmente

intransigente y corruptible,

aquí yacemos extasiados junto al agua iluminada por las estrellas

y los momentos que debieran durar para siempre


se deslizan inconscientemente por nosotros como el agua.

martes, 21 de marzo de 2017

Yo no era nadie excepto el que te amó (por Raúl Gustavo Aguirre)



Ya no te guardaré,

se deshizo la música

donde me pareció que estabas.

Eran cristales rotos,

o arena, no sé bien:

yo pisé y comprendí.

Comprendí con asombro que el tiempo se estiraba

desesperado y sin sentido

y que yo no era nadie

excepto el que te amó.

Eran cristales rotos,

piedras o desventuras,

eran cuerpos enormes

o cenizas, no sé.

Yo pisé y comprendí. 



lunes, 20 de marzo de 2017

Mallorca revisited (por Miguel Ángel Velasco)


A cuatro días de morir el viejo
me he ido, solo, a bailar
-a cuatro días, ni uno más ni menos-,
a una gruta de esas
luces estroboscópicas y música de trance.
Pensando en el albur
de encontrarme de nuevo a las dos rusas
de la estancia pasada, Ira e Inna,
de una ternura audaz, y repetir
aquello tan conforme de los tres en la cama,
mirándolas beberse en los desmayos
de mi virilidad. Olvídate,
ya no las verás más a Ira e Inna;
recordarás, tan sólo, agradecido,
esa lujuria santa.
Mientras ya van tres cápsulas
de semilanceata,
esos hongos salvajes
que te aceitan las vértebras. Y bailas,
bailas como un poseso
a los treitaycinco años de tu edad,
con los ojos cerrados,
enhebrado en el ritmo,
multiplicado en brazos y figuras
como un derviche ido.
Contra la muerte bailas, contra la puta muerte,
por ese bulto rígido de tu viejo en el féretro,
por su rostro amarillo.
Si algo quieren, que vengan, las bacantes,
que se planten delante,
a ver si alguna hay que también baile
contra la muerte hoy,
multiplicándose en fatalidad,
desconyuntada en varias,
haciéndose una lámina vibrante
herida de destino,
puro mimbre… Si no
para otra bailaré. Porque esta noche
contra la muerte bailas,
como un fragmento suyo desatado,
como su cola eléctrica, amputada,
de lagarto amarillo.





domingo, 19 de marzo de 2017

No es ningún simulacro (por Saiz de Marco)


Esto es distinto.

Es una trama,
pero


no es ningún simulacro
ni una novela-río en donde pasan cosas,
ni un serial por entregas de risas y de lágrimas,
ni una pieza dramática con su elenco de actores,
su telón,
sus paredes
y su puesta en escena,
ni “Estamos en el aire”,
ni “Silencio, se rueda” acción en fotogramas,
ni algo que estoy soñando
y todo su argumento se anula al despertar.


Sí,
creo que no lo sueño:
creo que esto no lo sueño.

Puede que lo parezca
-¿y quién no querría a veces que fuera una ficción
fabulada u onírica?-;

pero no,
por matices de enfoque narrativo
no lo es.




sábado, 18 de marzo de 2017

Ese gélido huésped (por Emily Dickinson)


No hay que ser una casa para tener fantasmas
No es necesario ser una habitación
pues el cerebro tiene pasadizos al margen del
espacio material

Es más seguro topar a medianoche
con un espíritu de fuera
que plantar cara al que se lleva dentro
ese gélido huésped

Es más seguro profanar las losas
al recorrer una abadía
que encontrarse sin armas a uno mismo
en lugar solitario

El yo que acecha tras el yo
debería asustarnos mucho más
Un asesino oculto en nuestra casa
no es tan terrorífico

Toma el cuerpo un revólver
y cierra los candados
ignorando a un espectro más temible
o algo más


viernes, 17 de marzo de 2017

Mayor o menor que qué (por Carolina Musa)



A la siesta andábamos como fantasmas
en silencio, en bombacha, en puntas de pie.
Aunque no había represalias por el ruido
era una tradición
a medias apurada por el infierno del patio.
Mi hermana leía.
Yo pasaba horas sobre el cerámico fresco
jugando con una balanza:
dos platillos de plástico
y cinco pequeñas pesas grises.
Pesaba los objetos de la casa,
las muñecas, los adornos, los libros,
los anillos, las piedras, algunas hojas y flores
que arrancaba del patio, la ropa,
las uñas de mi propia mano pesé.
Era cada vez una maravilla
pero no exactamente
la medida en gramos de las cosas sino
su relatividad, las relaciones fortuitas
de esos datos más o menos duros
4 medias=1 llave
1 birome=21 cartas
¿Qué es mayor o menor que qué?
la raqueta y la pava
los lentes y el pescado de la tía
los libros ¿cuál libro?
La fascinación de ese acto
mecánico, cada vez
el soberano idiotismo revelado en unas reglas
que aseguraban disponer el orden de las cosas.
“Estate atenta” dice el mensaje
que la de entonces, toda intuición,
me envió a través del tiempo
en una cápsula cromada.



jueves, 16 de marzo de 2017

Entre otras muchas almas (por Wislawa Szymborska)


Esto es la Estigia, pequeña alma individual,

la Estigia, pequeña alma sorprendida.

Oirás la baja voz de Caronte en la megafonía,

te empujará hasta el embarcadero la invisible mano

de una ninfa huida del bosque terrenal

(aquí todos trabajan desde antaño).

En los pestañeantes reflectores verás cualquier detalle

del revestimiento de hormigón armado de la orilla

y cientos de motores en vez de aquella barca

desde hace tantos siglos de madera podrida.

La humanidad se ha multiplicado varias veces y ya ves lo

que pasa

mi pequeña y nostálgica alma.

Con gran daño del paisaje

los edificios se han acumulado junto al lago.

El transporte fluido de las almas

(millones de pasajeros año tras año)

es ya inimaginable

sin almacenes, diques y salas.

Hermes, mi pequeña alma pintoresca,

debe prever con antelación para otros días

qué guerras y dónde, y qué tiranías,

para después contar las barcas de reserva.

Gratis pasarás a la otra orilla

y sólo por nostalgia hacia otros tiempos

hay unas huchas en las que leemos:

Se ruega no depositar la calderilla.

Subirás en el sector siete gamma

a la barca tau once.

Cabrás, cabrás apretujada entre muchas otras almas,

así lo quieren la necesidad y las computadoras.

En el Tártaro te espera también una estrechez terrible

porque no es, como debería, flexible.

Movimientos reprimidos, arrugadas ropas,

en la cápsula de Leteo apenas una gota.

Mi pequeña alma, sólo si dudas de la otra vida

tienes una más amplia perspectiva.



miércoles, 15 de marzo de 2017

Aplazábamos (por Isabel Bono)


malgastábamos el tiempo

ordenando en un álbum las fotos del verano

para mirarlas alguna vez con nostalgia


acumulábamos canicas piedras

libros cartas poemas


aplazábamos así la felicidad, la vida


todavía no sé por qué

todavía no sé para cuándo


martes, 14 de marzo de 2017

En ocasiones (por Karmelo Iribarren)


El amor llega
en ocasiones
cuando no debe.

Y te complica la vida.

Y te dices
que deseas
que se vaya.

Pero se queda.

A él no puedes mentirle.




lunes, 13 de marzo de 2017

Sólo entonces (por Simon Armitage)


Después de la primera fase,
después de noches apasionadas y días íntimos,

sólo entonces él me dejaría rastrear
el río helado que corría por su rostro,

sólo entonces me dejaría explorar
la hinchada charnela de su mandíbula inferior,

y manejar y sujetar
la dañada clavícula de porcelana,

y preocuparme y asistir
el fracturado timón de la pala del hombro,

y el índice y el pulgar
la seda del paracaídas de su pulmón perforado.

Sólo entonces podría unir los puntales
y escalar los peldaños de sus costillas rotas,

y sentir el dolor
de su corazón raspado.

Bordeando de cerca,
sólo entonces podría representarme la exploración,

el feto de metal debajo de su pecho
donde la bala finalmente había ido a descansar.

Luego amplié la búsqueda,
remonté la cicatriz hacia su origen

hacia una mina sin explotar
enterrada profundamente en su mente, alrededor de la cual

cada nervio de su cuerpo se había estirado y cerrado.
Entonces, y sólo entonces, me acerqué.



domingo, 12 de marzo de 2017

Faltan algunas, otras aparecen (por Circe Maia)



Cambios pequeños y tenaces.

Bajo el cielo ya un grado

de luminosidad o de tibieza.

Ha caído más polvo sobre el piso o la silla.

Pequeñísima arruga se dibuja o se ahonda.

Hay un nuevo matiz en el sonido

de la voz familiar (¿Lo notarías?)

En un coro confuso de entreveradas voces

faltan algunas, otras

aparecen.

La misma

suma total: no hay cambios.

Millonésima ola golpea

millonésima roca

y el degaste

imperceptible y cierto

avanza.



sábado, 11 de marzo de 2017

Mi mujer con (por André Breton)


Mi mujer con cabellera de fuego de leña
Con pensamientos de relámpagos de calor
Con talle de reloj de arena
Mi mujer con talle de nutria entre los dientes del tigre
Mi mujer con boca de escarapela y de ramillete de estrellas de última magnitud
Con dientes de huellas de ratón blanco sobre la tierra blanca
Con lengua de ámbar y de vidrio frotados
Mi mujer con lengua de hostia apuñalada
Con lengua de muñeca que abre y cierra los ojos
Con lengua de piedra increíble
Mi mujer con pestañas de palotes que escriben los niños
Con cejas de borde de nido de golondrinas
Mi mujer con sienes de pizarra de techo de invernadero
Y de vaho en los cristales
Mi mujer con hombros de champagne
Y de fuente con cabezas de delfines bajo el hielo
Mi mujer con muñecas de fósforos
Mi mujer con dedos de azar y de as de corazón
Con dedos de heno segado
Mi mujer con axilas de marta y de bellotas
De noche de San Juan
De alheña y de nido de escalarías
Con brazos de espuma de mar y de esclusa
Y de mezcla de trigo y de molino
Mi mujer con piernas de cohete
Con movimientos de relojería y desesperación
Mi mujer con pantorrillas de médula de saúco
Mi mujer con pies de iniciales
Con pies de manojos de llaves con pies de pajaritos que beben
Mi mujer con cuello de cebada sin perlar
Mi mujer con garganta de Valle de Oro
De cita en el lecho mismo del torrente
Con senos nocturnos
Mi mujer con senos de topera marina
Mi mujer con senos de crisol de rubíes
Con senos de espectro de la rosa bajo el rocío
Mi mujer con vientre de despliegue de abanico de los días
Con vientre de garra gigante
Mi mujer con espalda de pájaro que huye vertical
Con espalda de azogue
Con espalda de luz
Con nuca de piedra de canto rodado y de tiza mojada
Y de caída de un vaso en que se acaba de beber
Mi mujer con caderas de barca
Con caderas de araña y de plumas de flecha
Y de canutos de plumas de pavo real blanco
De balanza insensible
Mi mujer con nalgas de greda y de amianto
Mi mujer con nalgas de lomo de cisne

Mi mujer con nalgas de primavera
Con sexo de gladiolo
Mi mujer con sexo de yacimiento y de ornitorrinco
Mi mujer con sexo de alga y de bombones viejos
Mi mujer con sexo de espejo
Mi mujer con ojos llenos de lágrimas
Con ojos de panoplia violeta y de aguja imantada
Mi mujer con ojos de sabana
Mi mujer con ojos de agua para beber en prisión
Mi mujer con ojos de bosque siempre bajo el hacha
Con ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de fuego


viernes, 10 de marzo de 2017

Gallo de Grazalema (por José Mateos)


Apenas puedo verte

desde esta edad de niebla y noche alta,

gallo de Grazalema, que cantabas

en el corral de enfrente de estas ruinas

donde yo he dado mis primeros pasos.


Nada más eres

sombra de una sombra,

desenfocada imagen sin sustancia

que hoy cruzó por mi mente.


Y sin embargo,

por un momento, tu perfil airoso

rompió la noche, gallo

de Grazalema, y desde qué profunda

oscuridad de un tiempo antes del tiempo,


tu canto antiguo me ha traído el alba.


jueves, 9 de marzo de 2017

En el espacio vacío (por Anne Waldman)


Estoy maquillando el espacio vacío
Todas las pátinas convergen en el espacio vacío
rubor sonrosado en el espacio vacío
Estoy maquillando el espacio vacío
pegando pestañas en el espacio vacío
pintando las cejas del espacio vacío
apilando cremas en el espacio vacío
pintando el mundo de los fenómenos
Estoy colgando adornos en el espacio vacío
clips de oro, peinetas de laca, horquillas plásticas en el espacio vacío
Estoy clavando horquillas metálicas en el espacio vacío
Derramando palabras en el espacio vacío, cautivo al espacio vacío
llenando, cargando, abarrotando el espacio vacío
revoleando collares alrededor del espacio vacío
Piensa en esto, imagina esto: pintando el mundo de los fenómenos
pulseras en las muñecas
pendientes colgando en el espacio vacío

Quería asustarte con la noche que me atemorizaba
la noche flotante, la noche gimiente
Alguien siempre se metía en medio para hacerte olvidar el espacio vacío
te pones todo
te pintas las uñas
te pones echarpes de seda
adornas constantemente el espacio vacío


Cualquiera que sea tu nombre te llamo ‘espacio vacío’
con tus fantasías, tus bailes, acéptalo
con tu extraña manera de cantar acéptalo
con tus sonrisas acéptalo
con tu enorme séquito y acumulación acéptalo
con tus buenos momentos acéptalo
con tu buena fortuna, con tu ociosa fortuna acéptalo
cuando más te parezcas a un pájaro, ese es el momento de aceptarlo
cuando estás haciendo trampas, acéptalo
cuando estás dentro de tu cabeza angustiada
cuando no eres sensata
cuando insistes en las alabanzas de muchas lenguas, ese es el momento de aceptarlo

Todo comienza en la raíz de la lengua
se inicia en la raíz del corazón
hay una médula espinal de viento
cantando y gimiendo en el espacio vacío



miércoles, 8 de marzo de 2017

Brotando del pecho (por Sharon Olds)


Cada vez que veo pechos grandes 
en una mujer pequeña, estos días, mi boca 
se abre, levemente. 
Si viene caminando por la calle, de frente hacia mí, 
es un poco doloroso dejarla pasar, 
una vez me escuché, muy despacio, 
gimiendo. Y en el tren, esa vez 
-ella no tendría más de veinte, 
alta y esbelta- el movimiento del tren 
sacudía sus mamas, constante, 
como cacerolas llenas de agua, las miré 
chapotear, dentro de la piel apretada, y sentí 
una gran tristeza. Estoy tan 
cansada y sedienta. Quiero chupar 
calor dulce, lácteo, la sabrosa 
seda de la mujer humana a lo largo de 
mi mejilla. Quiero ser un bebé, 
quiero ser pequeña y estar desnuda, o con 
un pañal seco, entre brazos tiernos 
con el pezón en mi boca –trabajarlo, con suavidad, 
laxo y generoso en mis encías– 
no necesito dientes, ni siquiera 
las estrellas 
diurnas de los dientes en potencia, quiero 
ser de huesos blandos, flexible, 
una criatura que salió del útero quizá no hace pocos días 
sí un par de semanas, quiero ser un bebé poderoso, 
consciente de la dicha, de la nutrición 
brotando del pecho como la música 
de las esferas. Y no quiero 
que sea 
mi madre. Quiero empezar de nuevo.


martes, 7 de marzo de 2017

Un tumulto tan grande (por E. E. Cummings)



tantos sí mismos (tantos demonios y dioses

cada uno más codicioso que todos) es un hombre

(tan fácilmente uno en otro se esconde;

y aún así el hombre no puede, siendo todos, escapar de ninguno)


un tumulto tan grande es el más simple deseo:

tan despiadada masacre es la esperanza

más inocente (tan profunda es la mente de la carne

y tan despierto lo que al despertar llama dormido)


que nunca está más solitario el hombre solo

(su más breve respiración dura el año de algún planeta,

su vida más larga es el latido de algún sol;

su menor movimiento vaga por la más joven estrella)


—¿cómo puede un tonto que él mismo se llama ‘yo’ presumir

de que comprende al innumerable quién?



lunes, 6 de marzo de 2017

Y toda la calma que nunca he tenido me llega (por Fernando Pessoa)


No sé dónde te he visto ni cuándo.

No sé si ha sido en un cuadro o si ha sido en el campo real, al lado de los árboles y hierbas contemporáneas del cuerpo; ha sido quizás en un cuadro, tan idílica y legible es la memoria que conservo de ti.

No sé cuándo ha sucedido esto, o si realmente ha sucedido -porque puede ser que no te viese ni en un cuadro- pero sé con todo el sentimiento de mi inteligencia que ése ha sido el momento más sosegado de mi vida.

Venías, pastorcilla leve, al lado de un buey manso y enorme, calmosos por el trazo ancho de la carretera. Desde lejos —me parece— os vi, y llegasteis junto a mí y pasasteis. Pareciste no reparar en mi presencia. Ibas lenta y guardadora descuidada del buey grande. Tu mirada se había olvidado de recordar y tenía un gran claro de vida del alma; te había abandonado la conciencia de ti misma. 


Al verte, recordé que las ciudades cambian pero los campos son eternos.

Llaman bíblicos a las piedras y a los montes porque son los mismos, del mismo modo que debieron ser los de los tiempos bíblicos.

Es en la silueta pasajera de tu figura anónima donde pongo toda la evocación de los campos, y toda la calma que nunca he tenido me llega al alma cuando pienso en ti. Tu andar tenía un balanceo leve, un ondular indefinible, en cada gesto tuyo se posaba la idea de un ave; tenías enredaderas invisibles enroscadas alrededor de tu busto. Tu silencio —era la caída de la tarde, y balaba un cansancio de rebaños, cencerreando, por las cuestas pálidas de la hora—, tu silencio era el canto del último pastor que, por olvidado de una égloga nunca escrita por Virgilio, se quedó eternamente encantado y se eterniza en los campos.

Era posible que estuvieras sonriendo; para ti tan sólo, para tu alma, viéndote a ti en tu idea, sonriendo. Pero tus labios estaban tranquilos como el perfil de los montes y el gesto, que no recuerdo, de tus manos rústicas enguirnaldado con flores de los campos.

Ha sido en un cuadro, sí, donde te he visto. ¿Pero de dónde me viene esta idea de que te vi acercarte y pasar a mi lado y yo seguir, sin volverme para atrás para estar viéndote siempre todavía?

Se detiene el Tiempo para dejarte pasar, y yo te amo cuando quiero colocarte en la vida —o en la semejanza de la vida.



domingo, 5 de marzo de 2017

Su propia voz de cosa (por Roberto Juarroz)


Los nombres no designan a las cosas:
las envuelven, las sofocan.

Pero las cosas rompen
sus envolturas de palabras
y vuelven a estar ahí, desnudas,
esperando algo más que los nombres.

Sólo puede decirlas
su propia voz de cosa,
la voz que ni ellas ni nosotros sabemos,
en esta neutralidad que apenas habla,
este mutismo enorme donde rompen las olas.



sábado, 4 de marzo de 2017

El orden de los factores (por Gata Cattana *)


Matar al padre.
Matar al hijo.

El orden de los factores

altera el producto.

Dicen los viejos, los libros,
los filósofos...
todas las fuentes de conocimiento que conozco
dicen
que es fundamental
primero
matar al padre
y luego
matar al hijo,
si lo tuvieras.

Yo he tenido muchos
muchos, tantos
que ni siquiera recuerdo
los nombres que les puse.
que ni siquiera la hora del parto,
ni la hora
de la muerte.
Tantos que
ni uno favorito,
ni mi ojito derecho,
tantos que de
tantos caínes y abeles
aquello era una guerra civil.

Y yo estaba ahí,
con el rostro serio que debe tener Yahvé
viendo,
dejándolos morir...
participando activamente
en la de algunos:

-tu quoque mater mii?
-ego quoque, ego quoque hijo mío,

con mis propias manos
con el mismo puñal que a tus hermanos
hube de matarte en favor propio
y aun así
me siguen saliendo los tiranos
desde el coño a la cabeza,
de la punta de las manos a la punta
de la lengua, cada equis tiempo
y cada equis tiempo
la sangre nos riega
la casa.

Todos los psicólogos,
las bibliotecarias, los poetas,
todas las fuentes de conocimiento
que conozco
y los farmacéuticos insisten:
es fundamental
matar al padre
y luego
matar al hijo.

Pero he tenido tantos,
he sido tan madre que
apenitas tiempo para ser hija
y mi padre sigue vivo.

Pero sólo tengo uno.


............

(*) Gata Cattana (Ana Isabel García) se nos fue de la Tierra anteayer. Hasta siempre.


Lamento por los pies de Andrew Sinclair (por Juan Gelman)


cuando en Toledo Ohio andrew sinclair
empezó a caminar sobre el mundo
dijo "esto es así" y no lloró
pensó lo verde de la época

acostó la cabeza en los pechos maternos como fatigado de pronto por tanta comprobación
los pechos daban flores de leche que caían al piso
y calentaban la memoria
ahora que andrew sinclair es grande

andrew sinclair es grande o es triste
con candelas encendidas pasó lo bajo de la noche
¡oh corazón ardiente hecho pedazos!
los fue sembrando como fieras o furias

¿pero andrew sinclair está aquí?
¿todavía hace sonar su tristeza como un terrible cañón?
¿no caza pajaritos?
¿anda por ahí andrew sinclair?

en la mitad de su memoria la mamá está de pie
dándoles de comer a las gallinas o lavando los platos
con manos lentas bellas grises
que daban brillo como el sol

y abrigaban al andrew sinclair ¡ah caminante!
los demonios del valle le comieron los pies
pero él se inclinaba bajo el sol
brillando como madre

los demonios tienen dos cuernos en la cabeza y pelos en los pies
y echan llamas por la boca y el culo
se comen los ratones sin pelar
bailan como gitanos se beben de un trago medio balde de agua

pero andrew sinclair no
él tiene un joven corazón
lleno de islas con tigres y garzas
bellísimo bellísimo

abajo de andrew sinclair había un río
y más abajo un sol
y debajo la noche
para nosotros dos





viernes, 3 de marzo de 2017

Y el policía alto encendió un cigarrillo (por Sharon Olds)



Al final del día más largo del verano ya no pudo soportar más,

subió por las escaleras de hierro hasta el techo del edificio,

y caminó por la blanda supercie de alquitrán, hasta llegar al borde,

puso una pierna sobre el complejo estaño verde de la cornisa

y les dijo que si se acercaban un paso más, se terminaba todo.

Entonces la enorme maquinaria del mundo empezó a funcionar para salvar su vida,

los policías llegaron con sus uniformes azules grisáceos como el cielo de una tarde

nublada,

y uno se puso un chaleco antibalas, un

caparazón negro alrededor de su propia vida,

la vida del padre de sus hijos, por si

el hombre estaba armado, y otro, colgado de una

soga como un signo de su deber,

apareció por un agujero en lo alto del edicio vecino

como la brillante aureola que, dicen, está en lo alto de nuestras cabezas

y empezó a acercarse con cuidado hacia el hombre que quería morir.

El policía más alto se acercó hacia él sin rodeos,

suave, lentamente, hablándole, hablando, hablando,

mientras la pierna del hombre colgaba al borde del otro mundo

y la multitud se juntaba en la calle, silenciosa, y la

inquietante red con su entramado implacable fue

desplegada cerca de la vereda y extendida y

estirada como una sábana que se prepara para recibir a un recién nacido.

Después todos se acercaron un poco más

donde él se acurrucaba al lado de su muerte, su remera

resplandecía un brillo lácteo como algo

que crece en un plato, de noche, en un laboratorio y de pronto

todo se detuvo

mientras su cuerpo se sacudía y él

bajaba del parapeto e iba hacia ellos

y ellos se acercaban a él, pensé que le iban a dar

una paliza, como una madre que ha perdido

a su hijo y le grita cuando lo encuentra, ellos

lo tomaron de los brazos y lo sostuvieron y

lo apoyaron contra la pared de la chimenea y el

policía alto encendió un cigarrillo

en su propia boca, y se lo dio a él, y

después todos encendieron sus cigarrillos, y

las colillas rojas, radiantes ardieron como

las pequeñas fogatas que encendíamos de noche

en el principio de los tiempos.




jueves, 2 de marzo de 2017

Apareces fugaz (por Felipe Benítez Reyes)


En aquel tren, camino de Lisboa,
en el asiento contiguo, sin hablarte
-luego me arrepentí.
en Málaga, en un antro con luces
del color del crepúsculo, y los dos muy fumados,
y tú no me miraste.
De nuevo en aquel bar de Malasaña,
vestida de blanco, diosa de no sé
qué vicio o qué virtud.
En Sevilla, fascinado por tus ojos celestes
y tu melena negra, apoyada en la barra
de aquel sitio siniestro,
mirando fijamente -estarías bebida- el fondo de tu copa.
En Granada tus ojos eran grises
y me pediste fuego, y ya no te vi más,
y te estuve buscando.
O a la entrada del cine, en no sé dónde,
rodeada de gente que reía.
Y otra vez en Madrid, muy de noche,
cada cual esperando que pasase algún taxi
sin dirigirte incluso
ni una frase cortés, un inocente comentario...
En Córdoba, camino del hotel, cuando me preguntaste
por no sé qué lugar en yo no sé qué idioma,
y vi que te alejabas, y maldije la vida.
Innumerables veces, también,
en la imaginación, donde caminas
a veces junto a mí, sin saber qué decirnos.
Y sí, de pronto en algún bar
o llamando a mi puerta, confundida de piso,
apareces fugaz y cada vez distinta,
camino de tus mundos, donde yo no podré
tener memoria.



miércoles, 1 de marzo de 2017

La amé sin atreverme a creerlo (por Leopoldo María Panero)


Una mujer se acercó a mí y en sus ojos
vi todos mis amores derruidos
y me asombró que alguien amase aún el cadáver,
alguien como esa mujer cuyo susurro
repetía en la noche el eco de todos mis amores aplastados
y me asombró que alguien lamiese en las costras
todavía
tercamente la sustancia que fue oro,
aquello que el tiempo purificó en nada.

Y la vi como quien ve sin creerla
en el desierto la sombra de un agua,

la amé sin atreverme a creerlo.

Y le ofrecí entonces mi cerebro desnudo,
obsceno como un sapo, obsceno como la
vida,
como la paz que para nada sirve
animándola a que día tras día lo tocase
suavemente con su lengua repitiendo
así una ceremonia cuyo sentido único
es que olvidarlo es sagrado.


martes, 28 de febrero de 2017

Y las mujeres con cubos (por Erri de Luca)


Iban los viejos a las fuentes
y las mujeres con cubos a lo largo del río
mientras el aire silbaba de proyectiles y esquirlas,
la banda musical de los asedios, junto a las sirenas.
Danubio, Sava, Drina, Neretva, Miljacka, Bosna
son los últimos ríos añadidos a las guerras del siglo veinte,
los ejércitos mordían sus orillas, derribaban sus puentes,
luces de ciudad, Chaplin, las luces de aquellas ciudades
estaban todas apagadas.
Alrededor, Europa prosperaba ilesa.
Otras madres arrodilladas acudían a las orillas,
después de que el Volga detuviera en Stalingrado al sexto
ejército de Von Paulus
y lo hiciera retroceder y lo persiguiera hasta el último puente
sobre el Esprea,
ahogando Berlín.
Las aguas de Europa todavía reflejan incendios.
El deshielo del Vístula iluminado por el hambre del gueto:
no fue bastante para el siglo veinte.
El agua en Europa vuelve a costar su equivalente en sangre.



lunes, 27 de febrero de 2017

Sobre esta gruta (por Philip Larkin)


Jan van Hogspeuw se tambalea hasta la puerta

y mea en la tiniebla. La lluvia, fuera,

fluye por surcos de carreta en el barro del camino.

Dentro, Dirk Dogstoerd se sirve un poco más

y eructando humo acerca, con tenazas, un tizón

a la pipa. El viejo Prijck ronca con la borrasca,

encendida la faz de calavera; alguien detrás bebe cerveza

y abre mejillones, y gruñe retazos de canciones

de amor a los jamones colgados de la viga.

Dirk da cartas. Árboles húmedos, del grosor

de un siglo, se agitan en la esfera sin estrellas

sobre esta gruta de quinqués, donde Jan se vuelve,

atiza el fuego, lanza la reina de corazones, pedorrea.


¡Lluvia, viento y fuego! ¡La secreta, la bestial paz!




domingo, 26 de febrero de 2017

Gato adoquín insecto (por Isabel Bono)


Siempre tuve deseos de ser hombre
gato adoquín insecto obra maestra

madera de violín partitura
lienzo pincel amarillo de cadmio

campo de trigo con o sin cuervos
cristal de sal nuez moscada
higuera tronco de olivo
saco de algarrobas

el azul de los témpanos
la lluvia
el mar rojo
toda tu sangre

serlo todo a la vez
y recordarlo



sábado, 25 de febrero de 2017

Para al menos rozar (por Saiz de Marco)



Cabalgaré

sobre los calendarios y las agendas,

sobre los albaranes y las facturas,

sobre el dolor de espalda y la jaqueca,

sobre enjambres de leyes,

sobre juegos sin arte y sudores sin fruto,

sobre quintales métricos y códigos de barras,

sobre planos del Metro,

sobre bolsas de plástico,

sobre horarios de trenes,

sobre mapas del tiempo,

sobre listas de espera,

sobre extractos bancarios,

sobre antiinflamatorios,

sobre la vil materia, la podredumbre, el cieno,

sobre el ruido y la furia, cabalgaré,

cabalgaré

hasta tocar la estrella que

vimos o creímos ver

brillar sobre nosotros,

cabalgaré

para arañar siquiera

-aunque sea tenuemente, a veces un instante
-

su envoltura,


para al menos rozar

su halo de luz.


viernes, 24 de febrero de 2017

Con este árbol (por Mariano Peyrou)


puedes hacer varias cosas con este árbol

cubrirlo de un color original o dibujarlo en tu mente como si fuera un río

talarlo con las uñas hasta modificar tu percepción del tiempo

calcular su altura y equivocarte y no darte cuenta

puedes olerlo como si pensaras sin palabras

esconder sus raíces debajo de la tierra y pintar de verde la más verde de sus hojas

sentarte sobre lo que fue su sombra y esperar a que se haga de día

definirlo para que sea a la vez hermoso y artificial

inventar un incendio y salvarlo

cambiarlo por el derecho a desplazarte por el prado

convertirlo en papel y describirlo de una forma diferente en cada folio

caminar en círculos alrededor de cualquiera de los árboles vecinos

pincharlo con un alfiler para constatar que no se queja

tener una larga conversación a la luz de sus pájaros y descubrir que alberga tantas contradicciones como alas

puedes tomarlo como ejemplo en un ensayo sobre la horizontalidad

amarlo compasivamente pensando en los poderosos vientos que trajeron desde las estrellas la materia que lo forma

palpar su rugosidad con cada uno de los dedos o con la palma entera

lo que no puedes hacer es entenderlo



jueves, 23 de febrero de 2017

Saltar la baranda (por Armando Suárez)


querida po 

como todos los días pensé saltar la baranda
siempre pienso a partir de la tarde saltar la baranda
la caída en el agua la caída en el agua
como la ascensión desde el fondo
para cambiar de cara.
sereno el lago
así no funciona mi cabeza
las manos me traicionan.
es una revelación saltar la baranda
qué me espera fuera del portal
el jardín qué me ofrece
qué hay después que lo alcance.



miércoles, 22 de febrero de 2017

Solo en la noche (por José Ángel Buesa)


Aquí, solo en la noche, ya es posible la muerte.
Morir es poca cosa si tu amor está lejos.

Puedo cerrar los ojos y apagar las estrellas.
Puedo cerrar los ojos y pensar que ya he muerto.

Puedo matar tu nombre pensando que no existes.
Ahora, solo en la noche, sé que todo lo puedo.

Puedo extender los brazos y morir en la sombra,
y sentir el tamaño del mundo en mi silencio.

Puedo cruzar los brazos mirándote desnuda,
y navegar por ríos que nacen en tu sueño.

Sé que todo lo puedo porque la noche es mía,
la gran noche que tiembla de un extraño deseo.

Sé que todo lo puedo, porque puedo olvidarte:
Sí. En esta sombra, solo, sé que todo lo puedo.

Y ya ves: me contento con cerrar bien los ojos
y apagar las estrellas y pensar que me he muerto.


martes, 21 de febrero de 2017

Qué nos espera allí (por Roberto Bolaño)


Qué lugar es ése al que nos llevarán nuestras palabras, las
bellas durmientes, por caminos a menudo distintos, qué eriazo,

qué infierno, qué nos espera allí, Enrique, en esa blancura en la
que nos reuniremos finalmente, qué aullidos, qué silencio,

qué permutaciones nos aguardarán cuando hayamos
atravesado todo lo que hay que atravesar, cuando nos
hayamos despojado de todo, qué olvidos, qué.

En algún lugar infinito se esconde, en un tiempo que nos es
ajeno, que ni siquiera nos molestamos en mensurar, allí, donde
tiene una casa nuestro terror de alquiler.



lunes, 20 de febrero de 2017

Los mismos gestos (por Héctor Abad Faciolince)


Esa felicidad,
esa seguridad
de repetir los mismos gestos cada día.
Exprimir las naranjas,
preparar el café,
tostar las rebanadas
de pan,
untar la mermelada.
Darle a la vida
el ciclo regular de los planetas,
acostarse a las once,
levantarse a las seis,
sentir que cae el agua
tibia, plácida,
encima de tus hombros,
usar siempre
el mismo jabón, el mismo champú,
la misma loción
–la que usaba tu padre–.
Protestar por lo malo
que se ha vuelto el periódico,
el de toda la vida,
el pan de cada día,
y volver a comprarlo
con ese mismo asco resignado
de tener que cagar
una mañana sí y otra también.
Usar siempre los mismos
viejos zapatos que se parecen
más a ti que tus pies.
Vestirte
con el eterno azul
que te vuelve invisible,
felizmente invisible.
Sentir que tú eres tú,
que yo soy yo.
Ir a los mismos sitios,
comer las mismas cosas,
jueves frisoles,
lunes pescado,
sábados arroz...
Visitar a tu hermana todos los veranos
y pensar que envejece,
pero decirle siempre que no cambia,
que no cambie.
Recordar a los muertos
en cada aniversario;
enviar tarjetas cursis
en cada cumpleaños.
Planear de nuevo el viaje
que nunca emprenderemos.
No poder soportar
que ya no haya tranvía,
que hayan movido
la parada del bus
a la otra manzana,
que hayan quebrado los ferrocarriles,
que nadie escriba cartas
y haya que adaptarse
al correo electrónico,
tan vulgar, tan urgente,
la vida un permanente
telegrama.
Resistirse a llevar en el bolsillo
un teléfono,
detestar que el dinero
sea de plástico
y no de plata, de oro o tan siquiera
de papel.
Que el mismo corte de pelo
te lo haga siempre el mismo peluquero,
que tengas siempre gripa por enero,
que el primero
y el quince
llegue la quincena.
Desayunar trancado,
almorzar abundante,
cenar poco,
quejarse de la gota, de la bilis,
de la memoria y de la digestión.
Creer que nunca sueñas.
Recordar ese chiste
de tu única esposa:
“Aquí se picha los viernes
estés vos o no estés vos”,
y hacer hasta lo imposible
cada viernes
por encaramarte en ella
con ganas o sin ganas
porque l’appetito vien mangiando
como dicen en Turín.
Negar que eres un soso,
un rutinario
con el verso aprendido de un amigo:
“La vida se soporta
tan doliente y tan corta
solamente por eso.”
Caminar por la calle ensimismado,
ausente de este mundo,
rumiando en tu cabeza
historias, frases, viajes, desventuras,
crímenes, adulterios, melodramas, incestos,
abortos, heroínas, traiciones, sacrificios,
saber que todo drama
está en tu calavera,
que la gran aventura
ocurre en las paredes de tu cráneo,
que nunca habrá más grande sensación
(orgías, drogas, sueños)
que aquello que imaginas.
Que la vida consiste en perdonarnos
las ofensas que hacemos,
los gestos que no hicimos,
los silencios cobardes,
los fingidos afectos,
las mentiras.
Y escribir cada día,
ganar la lotería
de al menos una frase
que nadie ha dicho nunca,
tener un pensamiento
que todos han tenido,
pero decirlo bien
con todas las vocales,
con todos los sonidos,
con todos los sentidos.
Lograr que la aventura de tu vida
esté en las páginas que escribes,
en los ojos que ahora
pulen un heptasílabo,
quitan o ponen una coma, una tilde, un acento,
en los ojos que ahora se detienen
complacidos tal vez
o entretenidos
en un punto, este punto: . 




domingo, 19 de febrero de 2017

Por el camino de la desposesión (por T.S. Eliot)


Oh oscuro, oscuro, oscuro. Todos ellos caen en lo oscuro,
los espacios vacíos interestelares, el vacío dentro del vacío,
los capitanes, banqueros, eminentes hombres de letras,
los generosos mecenas del arte, los estadistas y los gobernantes,
distinguidos funcionarios, presidentes de muchos comités,
magnates industriales e insignificantes contratistas, todos caen en lo oscuro,
y oscuro el Sol y la Luna, y el Almanaque de Gotha
y la gaceta de la Bolsa, el Directorio de los Directivos,
y frío el sentido y ausente el motivo de la acción.
Y todos vamos con ellos, hacia el funeral silencioso,
el funeral de nadie, porque no hay nadie a quien enterrar.
Yo dije a mi alma, está tranquila, y deja que lo oscuro te invada,
que será la oscuridad de Dios. Como en un teatro
las luces se apagan, porque se va a cambiar la escena,
con un vacío retumbar de alas, con un movimiento de oscuridad en oscuridad,
y sabemos que las colinas y los árboles, el panorama distante
y la atrevida e imponente fachada están siendo retiradas-
O, cuando un vagón subterráneo, en el metro, se para demasiado tiempo entre dos estaciones,
y la conversación se anima y lentamente se apaga en el silencio,
y ves cómo ahonda detrás de cada cara el vacío mental,
quedando sólo el terror creciente de no pensar en nada;
o cuando, bajo el influjo del éter, la mente está consciente, pero consciente de nada-
Yo dije a mi alma, está tranquila, y espera sin esperanza,
porque la esperanza sería esperanza de la cosa equivocada; espera sin amor,
porque el amor sería amor de la cosa equivocada; aún queda la fe,
pero la fe y el amor y la esperanza se encuentran todos en la espera.
Espera sin razón, porque no estás listo para la razón:
Así la oscuridad será la luz, y la quietud el baile.
Susurro de arroyos, y relámpago de invierno.
El tomillo silvestre oculto, y la fresa silvestre,
las risas en el jardín, éxtasis que resuena,
no perdidas, pero necesitadas, apuntando a la agonía
de la muerte y el nacimiento.
Dices que estoy repitiendo
algo que ya he dicho antes. Lo diré otra vez,
¿lo diré otra vez? Para llegar allí,
para llegar donde tú estás, para volver de donde no estás,
debes ir por un camino en el que no haya éxtasis.
Para llegar a lo que no sabes
debes ir por un camino que es el camino de la ignorancia.
Para poseer lo que no posees
debes ir por el camino de la desposesión.
Para llegar a lo que no eres
debes ir a través del camino en que no estás.
Y lo que no sabes es la única cosa que sabes,
y lo que posees es lo que no posees,
y en donde estás es donde no estás.



sábado, 18 de febrero de 2017

Con tu cuerpo (por E. E. Cummings)



me gusta mi cuerpo cuando está con tu

cuerpo. es algo bastante nuevo.

músculos mejor y nervios más.

me gusta tu cuerpo. me gusta lo que hace,

me gustan sus maneras. me gusta sentir la columna

de tu cuerpo y sus huesos, y la temblorosa

firme-suavi-dad que yo

una y otra y otra vez

voy a besar, me gusta besar esto y aquello de ti,

me gusta, lentamente acariciar el, estridente vello

de tu piel eléctrica, y lo-que-le sucede

a la carne que se abre… Y los ojos grandes migajas-de-amor,


y posiblemente me guste la emoción

de debajo de mí tú tan nueva


viernes, 17 de febrero de 2017

Incluso pinchándose el dedo (por Charles Simic)


Sacó una pulga

de la axila de ella

para guardarla

y cuidarla

en una caja de cerillas

incluso pinchándose el dedo

de vez en cuando

para alimentarla

con gotas de sangre.



jueves, 16 de febrero de 2017

Y descubierto su costado frágil (por Sharon Olds)


Vi a mi padre desnudo, una vez, abrí

la puerta azul del baño,

que él siempre trababa –si se abría, no había nada–

y ahí, rodeado de brillantes cerámicas

turquesas, sentado en el inodoro, estaba mi padre,

todo él, y todo él

era piel. En un instante, mi mirada lo recorrió

de un único, súbito, limpio

tirón, hacia arriba: dedos del pie, tobillo,

rodilla, cadera, costilla, cuello,

hombro, codo, muñeca, dedos

mi padre. Se veía tan desprotegido,

sin costuras, y tímido, como una nena en el inodoro,

y si bien yo sabía que estaba sentado ahí

para defecar, no había vergüenza,

había una paz humana. Él me miró,

yo dije Perdón, retrocedí, cerré la puerta

pero lo había visto, mi padre un cordero esquilado,

mi padre una nube en el cielo azul

del baño azul, mi ojo había subido

por la montaña, la ruta sinuosa del

hombre desnudo, había doblado la esquina,

y descubierto su costado frágil –tierna

barriga, frontera de la pélvica cuna.




miércoles, 15 de febrero de 2017

Ese episodio (por Fernando Pessoa)


Todo se me confunde. Cuando creo que recuerdo, es otra cosa la que pienso; si veo, ignoro, y cuando me distraigo, claramente veo.

Vuelvo la espalda a la ventana cenicienta, de cristales fríos a las manos que los tocan. Y llevo conmigo, por un sortilegio de la penumbra, de repente, el interior de la casa antigua, fuera de la cual, en el patio de al lado, el papagayo gritaba; y los ojos se me adormecen de toda la irreparabilidad de haber efectivamente vivido.

Hace dos días que llueve y que cae del cielo ceniciento y frío cierta lluvia, con el color que tiene, que aflige el alma. Hace dos días… Estoy triste de sentir, y pienso en ello a la ventana y al son del agua que gotea y de la lluvia que cae.

Tengo el corazón oprimido y los recuerdos convertidos en angustias. Sin sueño, ni razón para tenerlo, hay en mí un gran deseo de dormir.

Antaño, cuando era niño y feliz, vivía en una casa del patio de al lado la voz de un papagayo verde de colores. Nunca, en los días de lluvia, se le entristecía el decir, y clamaba, sin duda al abrigo, cualquier sentimiento constante, que planeaba en la tristeza como un gramófono anticipado.

¿He pensado en este papagayo porque estoy triste y la infancia lejana lo recuerda? No, he pensado en él realmente porque desde el patio de al lado de ahora una voz de papagayo grita atravesadamente.

Ese episodio de la imaginación al que llamamos realidad.



martes, 14 de febrero de 2017

Se amigó con ellas (por Rafael Cadenas)


El filólogo las espía
les averigua su vida
lugar de nacimiento,
fecha, linaje, eclipses,
regresos, qué desean,
cómo vinieron a dar aquí
donde se esconden para no ver,
a qué hora sufren o si aún cantan.
Hace tanto se amigó con ellas.
Les reprocha, eso sí que se vuelvan
cortesanas, que se alquilen,
que se deshonren,
pero sobre todo que cuando los dictadores
las usan, ellas no les queman los labios.



lunes, 13 de febrero de 2017

Los viejos (por Rolf Jacobsen)


A mí me gustan más los viejos.
Están ahí sentados y nos miran y no nos ven
y bastante tienen con lo suyo,
como los pescadores en las riberas de los grandes ríos,
inmóviles como piedras
en la noche estival.
A mí me gustan mucho los pescadores en las riberas de los ríos
y los viejos y los que salen a la calle tras una larga enfermedad.

Tienen algo en los ojos
que el mundo ya no ve
los viejos, como convalecientes
cuyos pies aún no son lo bastante fuertes para sostenerlos
y con la frente pálida como después de la fiebre.


Los viejos
que vuelven a ser ellos mismos lentamente,
se disuelven despacio
y como el humo imperceptiblemente se transforman
en sueño
y luz.



domingo, 12 de febrero de 2017

Palomas (por Carolina Musa)


Esas palomas van
del tanque de agua al cable del cable al suelo
del suelo al alero tanque cable suelo alero rutina implacable que veo ya no espero
más la revolución palomosa.

Suelo:
Pelean por miguitas, las muy mierdas.
Picotean el agua de los charcos.
Alero:

La taza rueda de mi mano
ensucia el piso con manzanilla y trozos de cerámica:

dos palomas
torcazas grises entre tanque y alero
descansan en mi balcón.

Van y vienen con palitos
los amontonan
en la maceta sin planta pronto
el nido, dos huevos.

Incuban por turnos:
la paloma de noche, el palomo de día
o viceversa, no sé cuál es cuál.

Cielo espléndido de primavera.
En el despliegue de puntos de fuga no
distingo a mis palomas, sólo líneas.

A veces pienso que estoy en este mundo con una única finalidad:
mirar palomas.

Los pichones rompen el huevo
el mismo día, son idénticos.

A veces pienso que estoy en este mundo con una única finalidad:
mirar palomas.

Los pichones caminan entre las dos macetas
aletean hasta la baranda del balcón.
Vuelan. Ya no vuelven.
Tanque:

Me apresuro a deshacer el nido.
Saludo.
Desinfecto.

Cable.
Suelo.
Alero.


sábado, 11 de febrero de 2017

La isla (por Juan Cobos Wilkins)


No la busques, la Isla
te encontrará a ti.
En esos bares
en los que siempre cenas solo,
en la obsesión por contemplar un día
la aurora boreal, en las horas
de fiebre cuando desde el escalofrío
de la sábana mirabas
cobijarse de la lluvia
a los inflados gorriones. Incluso
mientras, indiferente, escéptico,
oficias a un dios desconocido.
Donde estés
-entre el tedio o la frivolidad
fugitiva- allí
donde quiera que te escondas,
la Isla encuentra al náufrago.



viernes, 10 de febrero de 2017

Truncado (por Aitor Suárez)


manchas
que lavar

omisiones
que suplir

heridas
que curar

senderos
que recorrer

rumbos
que corregir

errores
que deshacer

palabras
que borrar

páginas
que escribir

daños
que reparar

piezas
que mover

nudos
que desatar

y sin embargo
hay que irse
no hay tiempo para más

ya suena el reloj máximo
el gong del implacable cronómetro
de dentro

forzado a abandonar
a desertar de aquí


yo y nada más que yo
y tan sólo lo puesto
no ha lugar a equipaje

con tanto a medio hacer
pendiente de mí
abierto

con tanto inacabado una orden de destierro
que no sé quién imparte
-déjalo todo y
vete



jueves, 9 de febrero de 2017

Y aún no puedo abarcarte (por Juan Gelman)


Yo te entregué mi sangre, mis sonidos,

mis manos, mi cabeza,


y lo que es más, mi soledad, la gran señora

[como un día de mayo dulcísimo de otoño]


y lo que es más aún todo mi olvido

[para que lo deshagas y dures en la noche,

en la tormenta, en la desgracia]


y más aún te di mi muerte


veré subir tu rostro entre el oleaje de las sombras,


y aún no puedo abarcarte,

sigue creciendo como un fuego,


y me destruyes me construyes eres oscura como la luz.





miércoles, 8 de febrero de 2017

O el torbellino (por Unai Velasco)


Lo que se lleva esa casa de ahí por delante es un viento muy fuerte.
Por eso queríamos crecer a salvo buscar
un lugar mejor nos llamaban los cazatornados
era la mayor serie de tormentas en doce años mejor
permanecer juntos vivíamos
para esto nos decíamos
que vivíamos para esto comiendo hamburguesas en casa
de la tía Meg y todo el rato pensando en el área de succión
cuál
pensábamos y no sabíamos hacia dónde crecer qué viento
volteaba los postes sin desperdigarlos no teníamos
ni idea teníamos a Dorothy I y a
Dorothy II y a cuatro Dorothys más y las hamburguesas sabían
tan bien y el cielo se estaba poniendo verdaderamente verde
por donde crecía crecíamos juntos en la canción o el
torbellino buscar el eje cuál comer la carne
de Oklahoma besar la mejilla de la tía Meg siempre
siempre siempre juntos Rabbit Joey Heinze y
Dusty y Joe y Bill también hacia el centro hacia el eje de succión
cuál
crecer como un perro que corretea junto al porche
y no se aleja demasiado era
la mayor tormenta de los últimos doce años y nos parecíamos
tanto a las mazorcas ni te imaginas uno y luego otro y otro como
postes de pino en hilera poderosa
al viento
al viento distinto que nos reúne
que no nos tumba y nos mantiene aquí porque
gira sobre sí mismo.
Hacia ese lugar crecíamos.


martes, 7 de febrero de 2017

Si estuviera fría (por John Keats)


Esta mano viviente, ahora tibia y capaz

de agarrar firmemente, si estuviera fría

y en el silencio helado de la tumba,

de tal modo hechizaría tus días y congelaría tus sueños

que desearías tu propio corazón secar de sangre

para que en mis venas roja vida corriera otra vez,

y tú aquietar tu conciencia, —la ves, aquí esta—

la sostengo frente a ti. 



lunes, 6 de febrero de 2017

Hombre valiente (por Wallace Stevens)


El sol, ese hombre valiente,
acude por las ramas tendidas a la espera,
ese hombre valiente.

Ojos verdes sombríos
bajo formas oscuras de la hierba
se dan a la fuga.

Las estrellas virtuosas, pálidas riendas y espuelas puntiagudas,
se dan a la fuga.

Temores de mi cama,
temores de vida y temores de muerte,
se dan a la fuga.

El hombre valiente asciende desde abajo
y camina sin meditación, ese hombre valiente.



domingo, 5 de febrero de 2017

Salir al mar (por Emily Dickinson)



Para el alma nacida tierra adentro

salir al mar es júbilo,

dejar atrás las casas, la ribera,

meterse en la profunda Eternidad.

Hemos vivido siempre entre montañas,

pero ¿puede el marino comprender

la divina embriaguez

de la primera legua por el mar?



sábado, 4 de febrero de 2017

Lamento por los pies de Andrew Sinclair (por Juan Gelman)


cuando en Toledo Ohio andrew sinclair
empezó a caminar sobre el mundo
dijo "esto es así" y no lloró
pensó lo verde de la época

acostó la cabeza en los pechos maternos como fatigado de pronto por tanta comprobación
los pechos daban flores de leche que caían al piso
y calentaban la memoria
ahora que andrew sinclair es grande

andrew sinclair es grande o es triste
con candelas encendidas pasó lo bajo de la noche
¡oh corazón ardiente hecho pedazos!
los fue sembrando como fieras o furias

¿pero andrew sinclair está aquí?
¿todavía hace sonar su tristeza como un terrible cañón?
¿no caza pajaritos?
¿anda por ahí andrew sinclair?

en la mitad de su memoria la mamá está de pie
dándoles de comer a las gallinas o lavando los platos
con manos lentas bellas grises
que daban brillo como el sol

y abrigaban al andrew sinclair ¡ah caminante!
los demonios del valle le comieron los pies
pero él se inclinaba bajo el sol
brillando como madre

los demonios tienen dos cuernos en la cabeza y pelos en los pies
y echan llamas por la boca y el culo
se comen los ratones sin pelar
bailan como gitanos se beben de un trago medio balde de agua

pero andrew sinclair no
él tiene un joven corazón
lleno de islas con tigres y garzas
bellísimo bellísimo

abajo de andrew sinclair había un río
y más abajo un sol
y debajo la noche
para nosotros dos



¿Todavía existen? (por Charles Simic)


No he tenido noticias de los animales.

¿Todavía existen? Aquellos sapos

a los que conocía tan bien. Y los zorros,

¿todavía andan por ahí en la oscuridad?


Imposible. Donde un caballo solía pastar

en mis sueños –Hay un vacío, el borde de un precipicio

donde me columpio

sin pericia y con mucha suerte.


Parece que ahora tendré que construir

mi bestiario de algún otro modo:

sin un hueso o un ojo,

incluso sin una huella de sangre en la nieve,

y con los ladridos

siguiéndome de cerca.


Solo, sin un modelo-

de mí dependerá

imaginar, fuera de las piedras

y de los escombros que quedan, una nueva especie


Un diente,

una ubre

llena de leche.


viernes, 3 de febrero de 2017

En equilibrio (por Miguel Ángel Petrecca)


El fruto desmenuzado de estos árboles va dejando en la vereda una capa gruesa, graffitis ilegibles, superpuestos, escudos de clubes de fútbol y leyendas de cumpleaños en la pared se han ido sumando de a poco, sobre la mano de pintura que cada enero, en unas horas, formatea la entera superficie. La cruz de la farmacia titiló un instante antes de prenderse y el custodio una vez más como la figura dentro de un reloj cucú salió y volvió a entrar. De punta a punta del dial pasó agarrando pedazos de canciones. Aunque una especie de empate hegemónico mantiene así por el momento en equilibrio las trincheras opuestas de la enfermedad y la salud, la bisagra nunca está en realidad tan lejos como uno piensa, parece decir la chica que atraviesa ahora el espejo retrovisor con unas radiografías o algo así en un sobre, como los mensajeros que llevaban entre sus cartas, sin saberlo, una con su propia sentencia.



jueves, 2 de febrero de 2017

Lluvia (por Antonio Gamoneda)


Ha de llover


Hay sequía en la luz y la ceniza llora,

como mi madre, sin lágrimas.


Ha de llover.


Ha de llover hasta que se levanten los maíces sagrados y sea posible la celebración de la muerte.

Ha de llover.


¿Por qué no? ¿ Por qué no ha de llover

en la tiniebla intestinal y en las hirvientes médulas?


Ha de llover

en los niños frenéticos y en los adoradores nocturnos

y en los ancianos extraviados en la música.


Ha de llover

en el aire poblado de ausentes y en la felicidad ensangrentada.


Ha de llover sobre esta piedra enferma

donde, en la noche, cunde un resplandor

procedente de astros inservibles.


Ha de llover. Tiene que llover con dulzura

sobre los suicidas del amanecer.


Ha de llover

en la superficie cristianizada por la industria. Ha de llover

hasta que aúllen las alondras y,

bajo las catenarias, en Vega Magaz,

los ferroviarios se desnuden

y detengan la máquina que llora.


Ha de llover en la extremaunción

sacramentalmente perversa. Ha de llover

en el interior del hierro y en el pensamiento

de los cianóticos y

de los niños prematuros.


Ha de llover

sobre las secretarias parturientas,

sobre los tísicos y los asesinos,

sobre los comandantes y las monjas.


Ha de llover en los prostíbulos

y en los ministerios incomprensibles

y en las fístulas eternas. Sí,


ha de llover. Y las serpientes

aprenderán a silbar con dulzura

unas seiscientas melodías olvidadas. Son

reconocibles por su olor a sombra

y a sustancia inguinal. Dichas serpientes

han de silbar en las cajas de ahorro

y en los urinarios y en las tumbas.


Ha de llover. Hoy es martes

de salvación. Hoy resucitan

los fusilados de Villamañán.


Ha de llover en las grandes letrinas

notariales hasta que aparezcan los títulos

de propiedad de la luz y de la tristeza hipotecaria

y las cartas de amor de Francisco Franco.


Ha de llover, ha de llover dulcemente, sobre las niñas que abortan en octubre y

sobre los padres invisibles.


Ha de llover en la agonía de Jorge Pedrero

y sobre los visitantes clandestinos.


Ha de llover. Causa analógica:

se sabe que los agonizantes son felices

rodeados de llanto.


Ha de llover,


ha de llover sobre los huesos de Felipe Segundo

y de los Caídos por Dios y por España.


Agua para los prostáticos

y su dolor universal, agua también

para los sifilíticos y los curas.


Agua para los Borbones,

y para los mendigos y las mujeres desnudas

que gritaron los gritos amarillos

de mil novecientos treinta y seis.


Ha de llover.


Ha de llover en los pantanos

rebosantes (se dice) de fascismo y de

melancolía azul. Han de existir

poderosas razones ecuménicas

para que llueva en los pantanos. Ha

de ser físicamente necesario a causa

de la prosperidad del incesto y de los cuchillos

olvidados en las iglesias. Ha

de llover.


Ha de llover, sí, pero no han de olvidarse

los manantiales del odio ni las acequias

secretas de los monasterios ni

la humedad de las sociedades anónimas.


Ha de llover jamás y siempre. Con

desesperación agraria. Ha de llover

hasta que enloquezcan los metales

y el sílice y las inmensas madres

del Barrio de la Sal.

Ha de llover.

Ha de llover ya.

¿Está lloviendo?


Sí, está lloviendo. Las madres,

bajo la lluvia, van

al penal incesante. Son blancas y locas,

llevan fuego y amor.

Ah de la lluvia,

ah del amor, ah del fuego.

Llueve

en mi pasado y en mis venas. Va a llover

también en mi desaparición.

Ah de la lluvia

sobre las madres locas. Ya arde, bajo el agua,

San Marcos con amor, ya están ardiendo

dulcemente los juicios sumarísimos.


Ah de la lluvia.



miércoles, 1 de febrero de 2017

Pero este hombre no ve (por Cesare Pavese)


Lo difícil es sentarse sin hacerse notar.
Lo demás viene por añadidura. Tres sorbos
y retorna el deseo de imaginarse solo.
Se abre de par en par un fondo de zumbidos distantes,
todo se dispersa y haber nacido y contemplar la copa
constituye un milagro. El trabajo
(el hombre solo no puede dejar de pensar en el trabajo)
vuelve a ser el antiguo destino que es hermoso sufrir
para poder pensar en él. Después los ojos clavan
su mirada en el aire, dolientes, como si estuvieran ciegos.

Si este hombre se alza de nuevo y va a acostarse a su casa,
parece un ciego que ha extraviado el camino. Cualquiera
puede salir de un rincón y machacarlo a golpes.
Puede salir una mujer y tenderse en la calle,
joven y bella, bajo otro hombre, gimiendo
igual como gimió una mujer con él hace tiempo.
Pero este hombre no ve. Va a su casa a acostarse
y la vida no es más que un zumbido de silencio.

Al desnudar a este hombre, se encuentran miembros exhaustos
y pelo brutal, aquí y allá. ¿Quién diría
que por este hombre circulan venas tibias
en que hace tiempo quemaba la vida? Nadie creería
que una mujer hubiese acariciado, hace tiempo,
aquel cuerpo y besado aquel cuerpo, que tiembla,
y lo hubiese bañado con lágrimas, ahora que el hombre,
que ya ha llegado a su casa, no consigue dormir, pero gime.



martes, 31 de enero de 2017

Su sombrero (por Arvid Torgeir Lie)


Ella se ha ido. Su sombrero de verano se queda solo
con sus anchas alas en una silla,
está completamente inmóvil sin el rostro de ella.
El sombrero cayó de pronto sobre la silla
y ya no puede decir ni una palabra.
Y ella se ha ido con todo su ser.
A veces el sombrero se prepara para escapar,
otras veces está paciente y quieto.
Voy a su lado y le consuelo diciéndole:
-Espera un poco,
en unos días saldremos a buscarla.



lunes, 30 de enero de 2017

Surco de luz (por Carlos Sahagún)


Cuántas veces mi sueño te recogió con trenzas,

herida de niñez, bajo la lluvia.

Un portal entornado era mi vida,

tu soledad era una hazaña oscura.

Desconsoladamente llegabas del otoño

y naufragabas entre tanta bruma,

astro indeciso y ciego que cruzabas

sobre mi juventud, perdiendo altura.

Y tu imagen se hundía sin rumbo en mi memoria

atravesando noches y lagunas.

Allí la guarda el sueño: en él navega,

surco de luz entre las sombras últimas.


domingo, 29 de enero de 2017

Su oscuro amor (por William Blake)


¡Oh Rosa, estás enferma!
El gusano invisible
que vuela en la noche,
en la clamorosa tormenta,

ha descubierto tu cama
de alegría carmesí,
y su oscuro amor secreto
destruye tu vida.

sábado, 28 de enero de 2017

Con sus mismas espinas (por Gonzalo Rojas)


A veces pienso quién, quién estará viviendo ronco mi juventud
con sus mismas espinas, liviano y vagabundo,
nadando en el oleaje de las calles horribles, sin un cobre,
remoto, y más flexible: con tres noches radiantes en las sienes
y el olor de la hermosa todavía en el tacto.

Dónde andará, qué tablas le tocará dormir a su coraje,
qué sopa devorar, cuál será su secreto
para tener veinte años y cortar en sus llamas las páginas violentas.
Porque el endemoniado repetirá también el mismo error
y de él aprenderá, si se cumple en su mano la escritura.



viernes, 27 de enero de 2017

Breve como la belleza (por Roberto Bolaño)



Una mujer inteligente

Una mujer hermosa

Conocía todas las variantes, todas las posibilidades

Lectora de los aforismos de Duchamp y de los relatos de Defoe


En general con un autocontrol envidiable

Salvo cuando se deprimía y se emborrachaba

Algo que podía durar dos o tres días

Una sucesión de burdeos y valiums

Que te ponía la carne de gallina

Entonces solía contarte las historias que le sucedieron

Entre los 15 y los 18

Una película de sexo y de terror

Cuerpos desnudos y negocios en los límites de la ley

Una actriz vocacional y al mismo tiempo una chica con extraños rasgos de avaricia


La conocí cuando acababa de cumplir los 25 En una época tranquila

Supongo que tenía miedo de la vejez y de la muerte La vejez para ella eran los treinta años

La Guerra de los Treinta Años

Los treinta años de Cristo cuando empezó a predicar

Una edad como cualquier otra le decía mientras cenábamos A la luz de las velas

Contemplando el discurrir del río más literario del planeta


Pero para nosotros el prestigio estaba en otra parte En las bandas poseídas por la lentitud En los gestos exquisitamente lentos del desarreglo nervioso En las camas

oscuras En la multiplicación geométrica de las vitrinas vacías Y en el hoyo de la realidad

Nuestro lujo

Nuestro absoluto

Nuestro Voltaire

Nuestra filosofía de dormitorio y tocador

Como decía, una muchacha inteligente

Con esa rara virtud previsora

(Rara para nosotros latinoamericanos)

Que es tan común en su patria

En donde hasta los asesinos tienen una cartilla de ahorros

Y ella no iba a ser menos

Una cartilla de ahorros y una foto de Tristán Cabral

La nostalgia de lo no vivido


Mientras aquel prestigioso río arrastraba un sol moribundo y sobre sus mejillas rodaban lágrimas aparentemente gratuitas.


No me quiero morir susurraba mientras se corría En la perspicaz oscuridad del dormitorio Y yo no sabía qué decir En verdad no sabía qué decir Salvo acariciarla y

sostenerla mientras se movía Arriba y abajo como la vida Arriba y abajo como las poetas de Francia

Inocentes y castigadas

Hasta que volvía al planeta Tierra


Y de sus labios brotaban

Pasajes de su adolescencia que de improviso llenaban nuestra habitación

Con duplicados que lloraban en las escaleras automáticas del metro

Con duplicados que hacían el amor con dos tipos a la vez mientras afuera caía la lluvia Sobre las bolsas de basura y sobre las pistolas abandonadas en las bolsas

de basura La lluvia que todo lo lava Menos la memoria y la razón


Vestidos, chaquetas de cuero, botas italianas, lencería para volverse loco

Para volverla loca

Aparecían y desaparecían en nuestra habitación fosforescente y pulsátil


Y trazos rápidos de otras aventuras menos íntimas Fulguraban en sus ojos heridos como luciérnagas


Un amor que no iba a durar mucho

Pero que a la postre resultaría inolvidable

Eso dijo

Sentada junto a la ventana

Su rostro suspendido en el tiempo

Sus labios: los labios de una estatua


Un amor inolvidable

Bajo la lluvia

Bajo ese cielo erizado de antenas en donde convivían

Los artesonados del Siglo XVII

Con las cagadas de palomas del Siglo XX

Y en medio Toda la inextinguible capacidad de provocar dolor

Invicta a través de los años

Invicta a través de los amores

Inolvidables


Eso dijo, sí Un amor inolvidable Y breve


¿Como un huracán? No, un amor breve como el suspiro de una cabeza guillotinada La cabeza de un rey o un conde bretón Breve como la belleza La belleza absoluta

La que contiene toda la grandeza y la miseria del mundo


Y que sólo es visible para quienes aman.



jueves, 26 de enero de 2017

Bella ciclista (por José Antonio Muñoz Rojas)


Entre autobuses, entre corazones,

entre los olmos, entre los vallados,

entre almas atónitas, por puentes,

exhalada tu firme bicicleta.

Te sigue el río de la carretera

tierno su duro arbitrio conmovido,

respondiendo a tu llanto con lamentos:

Te pierdes. No te pierdes. Me persiguen.

¡Qué júbilo sin prisa en lo que es llano!

¡Qué salto en los collados repentinos!

¡Qué dejarse caer por las cañadas,

exhalada, tras ti, la carretera!

Siguiéndote va, helada cuando tuerces,

y ¡qué lento suspiro cuando un valle

te traga, qué alto grito

cuando una loma a punto te devuelve!

Bella ciclista, tu ave de pedales

conduces por un aire de jardines,

de prados aguardando entre los troncos

a que estalle, final, la primavera.

El viento en tus oídos te proclama

única emperatriz de los ciclistas.

Te persigue, te pide los cabellos;

tú se los das y te los va peinando.

Nadie me espera, nadie me despide.

Mis cabellos y el viento, los pedales,

los troncos y los ríos son los puentes;

sin partida o llegada, siempre voy.

Siempre va, siempre va, aunque suspiren

árboles melancólicos y lloren

los ojos de los puentes, ríos de llanto:

No pesa el corazón de los veloces.



miércoles, 25 de enero de 2017

Como huésped de sí misma (por Emily Dickinson)


Está la soledad de los espacios,

la soledad del mar,

la de la muerte, pero todas

parecen multitud si se comparan

con ese emplazamiento más profundo,

la intimidad polar

del alma como huésped de sí misma —

finita infinitud.



martes, 24 de enero de 2017

Enterraremos todo (por Roberto Juarroz)


Lo enterraremos todo,
los brazos, el movimiento y la pala,
la pasión de los viernes,
la bandera de andar solos,
la pobreza, esa deuda,
la riqueza, esa otra.

Lo enterraremos hasta con sabiduría,
cortando sabiamente los terrones,
o cortándolos sin darnos cuenta, sabiamente.

Un resto de mirada
quedará flotando como un pincel absurdo
sobre la tregua doblemente fiel de todo ausente.
Y menos mal que no habrá nadie
para escarbar luego bien hondo
y descubrir que no hay nada enterrado.



lunes, 23 de enero de 2017

Pero no me estremezco (por Ana Akhmatova)


Cuando la luna es una tajada de melón en la ventana

y alrededor es la calina cerrada la puerta y la casa encantada

por las azules ramas de glicinas y en la fuente de arcilla hay agua fría

y la nieve del paño y arde una bujía de cera

tal como en la niñez, mariposas zumban

la calma, que no oye mi palabra, retumba

entonces algo de lo negro de rincones rembrandtianos se ovilla de pronto

y se esconde allí a mano, pero no me estremezco, ni me asusto siquiera...

la soledad me hizo prisionera en sus redes

el gato negro el alma me mira, como ojos centenarios

y en el espejo mi doble es tal vez mi contrario.

Voy a dormir dulcemente, buenas noches, noche. 


domingo, 22 de enero de 2017

Dos imperiosas llamadas (por Vicente Aleixandre)


No te acerques. Tu frente, tu ardiente frente, tu encendida frente,

las huellas de unos besos,

ese resplandor que aún de día se siente si te acercas,

ese resplandor contagioso que me queda en las manos,

ese río luminoso en que hundo mis brazos,

en el que casi no me atrevo a beber, por temor después a ya una dura vida

de lucero.


No quiero que vivas en mí como vive la luz,

con ese ya aislamiento de estrella que se une con su luz,

aislamiento de estrella

a quien el amor se niega a través del espacio

duro y azul que separa y no une,

donde cada lucero inaccesible

es una soledad que, gemebunda, envía su tristeza.


La soledad destella en el mundo sin amor.

La vida es una vívida corteza,

una rugosa piel inmóvil

donde el hombre no puede encontrar su descanso,

por más que aplique su sueño contra un astro apagado.


Pero tú no te acerques. Tu frente destellante, carbón encendido que me

arrebata a la propia conciencia,

duelo fulgúreo en que de pronto siento la tentación de morir,

de quemarme los labios con tu roce indeleble,

de sentir mi carne deshacerse contra tu diamante abrasador.


No te acerques, porque tu beso se prolonga como el choque imposible de las estrellas,

como el espacio que súbitamente se incendia,

éter propagador donde la destrucción de los mundos es un único corazón que totalmente se abrasa.

Ven, ven, ven como el carbón extinto oscuro que encierra una muerte;

ven como la noche ciega que me acerca su rostro;

ven como los dos labios marcados por el rojo,

por esa línea larga que funde los metales.


Ven, ven, amor mío; ven, hermética frente, redondez casi rodante


que luces como una órbita que va a morir en mis brazos;

ven como dos ojos o dos profundas soledades,

dos imperiosas llamadas de una hondura que no conozco.

¡Ven, ven, muerte, amor; ven pronto, te destruyo;

ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo;

ven, que ruedas como liviana piedra,

confundida como una luna que me pide mis rayos!