zUmO dE pOeSíA

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de todos los colores, de todos los sabores

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martes, 25 de abril de 2017

Nosotros los recuerdos (por Edgar Lee Masters)



Por aquí andamos. Nosotros, los recuerdos.

Apartamos los ojos porque nos da miedo leer:

«17 de junio de 1884. 21 años y 3 días».

Todo ha cambiado.

Nosotros, los recuerdos, seguimos aquí, solos,

pues no hay ojo que pueda vernos ni saber por qué estamos aquí.

Tu marido ha muerto. Tu hermana vive lejos.

A tu padre ya le dobla la edad.

Te ha olvidado, apenas

si sale de casa.

Nadie hay que recuerde tu rostro delicado,

tu voz aflautada,

ni cómo cantabas, incluso la mañana en que te hirió

el intenso dulzor de un dolor palpitante

hasta la llegada del hijo que murió contigo.

Todo está olvidado, salvo por nosotros, los recuerdos,

que hemos sido olvidados por el mundo.

Todo ha cambiado, salvo el río y la colina…

Pero también ellos han cambiado.

Solo el sol ardiente y las plácidas estrellas son iguales.

Y nosotros, nosotros, los recuerdos, seguimos aquí, aterrados,

los ojos anegados por el cansancio de las lágrimas,

con un inmenso cansancio.



lunes, 24 de abril de 2017

La fuerza que empuja (por Dylan Thomas)



La fuerza que por el verde tallo impulsa la flor

impulsa mi verde edad; la que hace estallar las raíces de los árboles

es mi destructora.

Y yo estoy mudo para decirle a la encorvada rosa

que mi juventud está doblegada por la misma fiebre invernal.


La fuerza que empuja el agua a través de las rocas

impulsa mi roja sangre; la que exprime las bocas de los arroyos

convierte la mía en cera.

Y yo estoy mudo para decirles a mis venas

que en el manantial de la montaña mama la misma boca.


La mano que agita el agua del charco

revuelve las arenas movedizas; la que ata las ráfagas del viento

tira de la vela de mi mortaja.

Y yo estoy mudo para decirle al ahorcado

que la cal del verdugo está hecha con mi barro.


Los labios del tiempo chupan de lo más alto del manantial;

el amor gotea y se acumula, pero sólo la sangre caída

podrá aliviar sus heridas.

Y yo estoy mudo para decirle al viento cósmico

que el tiempo ha marcado un cielo alrededor de las estrellas.


Y yo estoy mudo para decirle a la tumba de la amada

que en mi sábana anda encorvado el mismo gusano.


domingo, 23 de abril de 2017

La fría red (por Robert Graves)


El niño no sabe expresar qué frío es el día,
qué cálido el perfume de la rosa en verano,
qué temibles los negros desiertos del cielo nocturno,
qué aterradores los altos soldados que pasan golpeando tambores.

Pero nosotros tenemos el lenguaje, que desafila ese calor enfurecido,
el lenguaje que apaga el cruel perfume de la rosa.
Deletreándola, alejamos la noche que se cierne;
deletreándolos, alejamos los soldados y el terror.

La fría red del lenguaje nos apresa;
refugio contra la demasiada alegría, contra el excesivo terror:
hasta que al fin nos volvemos verde-mar
y morimos fríamente en la sal y la locuacidad.

Pero si dejáramos a nuestras lenguas liberarse,
rechazando las palabras y su líquido abrazo,
no cuando llega la muerte, sino antes,
enfrentando la vasta luz del día infantil,
enfrentando la rosa, el cielo oscuro y los tambores,
enloqueceríamos sin duda hasta la muerte.


sábado, 22 de abril de 2017

Pero recuerdo (por Julia Uceda)


Recordar no es siempre regresar a lo que ha sido.
En la memoria hay algas que arrastran extrañas maravillas;
objetos que no nos pertenecen o que nunca flotaron.

La luz que recorre los abismos
ilumina años anteriores a mí, que no he vivido
pero recuerdo como ocurrido ayer.

Hacia mil novecientos
paseé por un parque que está en París -estaba-
envuelto por la bruma.
Mi traje tenía el mismo color de la niebla.

La luz era la misma de hoy
-setenta años después-
cuando la breve tormenta ha pasado
y a través de los cristales veo pasar la gente,
desde esta ventana tan cerca de las nubes.

En mis ojos parece llover
un tiempo que no es mío.


viernes, 21 de abril de 2017

Silencio y oscuridad (por Edward Young)


¡Silencio y oscuridad! ¡Solemnes hermanas!
gemelas desde la noche antigua,
que amamanta el tierno pensamiento para razonar
y sobre la razón construye resolución
(esa columna de verdadera majestad en el hombre),
ayudadme: os daré las gracias en la tumba;
el sepulcro, vuestro reino: de allí caerá esta farsa,
una víctima sagrada para vuestro triste santuario.
Pero, ¿qué sois?

Vosotras, que pusisteis en fuga
al primer silencio, cuando las estrellas de la mañana,
exultando, aullaron sobre la esfera naciente;
oh, vosotras, cuya palabra de la sólida oscuridad hizo arder
esa chispa, el sol; también encendió el conocimiento de mi alma;
mi alma, que vuela hacia vosotras, su confianza, su posesión,
como los avaros a su oro, mientras otros descansan.

A través de esta opacidad de la naturaleza y del alma,
esta doble noche transmite un rayo compasivo
para aligerar y alegrar. Oh, guiad mi mente
(una mente que se alejará de su aflicción),
llevadla a las variadas escenas de la vida y la muerte;
y que de cada escena las más nobles verdades inspiren
menos mi conducta que mi canción;
enseñadme mi mejor razón, la razón; mi mejor voluntad;
enseñadme la rectitud; y a enderezar mi firme resolución
de sabiduría y amor, y a pagar su largo retraso:
no permitáis que el cuenco de vuestra venganza,
sobre la cabeza que me fue dedicada, se vierta en vano.


jueves, 20 de abril de 2017

Pisan su propia obra (por Fabio Morábito)


Yo que no tengo oficio
excepto traducir,
que más que oficio es una astucia,
miro a los albañiles
que en lo bajo
conocen todo o casi todo
del cemento;
trabajan duro,
mezclándose con orden
a la luz del día.
Levantan de la nada
una materia audible,
ven cómo el simple lodo
se transforma
para imprimirse en él
la voluntad común.
Conforme el edificio crece,
suben de altura,
pisan su propia obra,
no tienen dudas,
saben que el mundo existe.
y que cada piso cuesta
y cada metro exige
un sacrificio.
Lo saben sin pensarlo,
con cada músculo que tienen,
por eso vueven a sus casas
tan livianos,
sin pesadumbre,
y mientras unos fuman,
los otros no desvían los ojos
de la acera,
están cansados,
dejaron todo en los ladrillos,
que se enfrían.


miércoles, 19 de abril de 2017

Por la noche mis huesos (por Javier Rodríguez Marcos)


Ahora sólo soy huesos. Los peces me conocen
y atraviesan confiados las cuencas de mis ojos.
Se han disuelto mis manos en la sal y mis piernas
crecen entre raíces en las rocas y el fango.
Recuerdo vagamente mi vida y sueño a veces
que hay plantas abisales coronando mi cráneo.
Por la noche mis huesos están tristes y echan
de menos el sonido de un corazón latiendo
y el pulso de la carne
que sirvió de alimento a la fauna marina.
Es la vuelta al origen. Me resigno y me digo
que ya andarán mis ojos entre perlas y estrellas,
como siempre quisieron cuando sólo eran ojos,
ni claros ni serenos, de un hombre en un naufragio.


martes, 18 de abril de 2017

A orillas de la playa (por Fernando Pessoa)



Aquí a orillas de la playa, mudo y contento del mar,

sin nada ya que me atraiga ni nada que desear,

crearé un sueño, tendré mi día, cerraré la vida,

y nunca tendré agonía, porque me dormiré en seguida.


La vida es como una sombra que pasa sobre un río

o como unos pasos en la alfombra de un cuarto vacío;

el amor es un sueño que llega para el poco ser que se es;

la gloria concede y niega; no tiene verdades la fe.


Por eso en la orilla morena de la playa callada y sola,

se me hace pequeña el alma, libre de pena y de dolor;

sueño sin casi ya ser, pierdo sin haber tenido,

y empecé a morir mucho antes de haber vivido.


Denme, aquí donde yazgo, sólo una brisa que pase,

nada quiero del acaso, salvo la brisa en el rostro;

denme un vago amor de lo que nunca tendré,

no quiero gozo ni dolor, no quiero vida ni ley.


Solo, en el silencio cercado por el sonido brusco del mar,

quiero dormir sosegado, sin nada que desear,

quiero dormir apartado de un ser que nunca fue suyo,

tocado por el aire sin fragancia de la brisa de cualquier cielo.


lunes, 17 de abril de 2017

Siempre estuve a favor de los espejos empañados (por Isabel Bono)


De hoy dirás que viste a una mujer desnuda.
Y es que hay mujeres que llegan a la vida de uno
sin marcas de tirantes en la espalda.
Y uno se ducha y despereza brazos abiertos
como si siguiera de vacaciones.
Lo sé: estoy teniendo un ataque de intolerancia
un ataque al corazón
un ataque de dolor inmenso. Ya no dudo cuando caigo.

‒Mira cómo me han dejado los brazos tus insectos favoritos.
Muchas veces pensé que eras tú:
cuando mirabas, cuando no mirabas.
Tanto tiempo perdido leyendo a Proust
para que el azar te coloque a cincuenta metros de mi casa.

Desempaqueta el invierno, amor
que me he puesto todos los jerséys que me regalaste, debí decir.
‒Llevas la pereza cosida a los labios.
Cosas así no deben decirse nunca, por eso no las dije.

Sé que hago mal cuando miento
y cuando callo. Me detienen tus gestos.
Pero nunca más: tengo manos y boca y un cuerpo saturado
que me habla (porque el cuerpo nunca miente).
Dices que después del sueño no hay nada
y me despierto dormida
sin saber dónde ni por qué tanta miseria.
Si miraras me verías a contra luz, ahora que las cosas
son esqueletos de un tiempo que nunca fue entre nosotros
siempre pensando en cuándo te irías y el viajero era yo,
sin nombre sin domicilio sin cuenta corriente
sin miedo a la soledad más absoluta
ni al tiempo perdido ni a la luz
que ya llega custodiada por los pájaros.
Tendré una ventana y ninguna esperanza.
La vida (o algo parecido) destruirá mi casa
y yo seguiré esperando ver amanecer como tantas veces.

Nada por cumplir, amor
más que los ritos verticales
que ahora se deslizan como peces amaestrados.
Y me detengo por primera vez y miro:
repartiremos los libros
clasificaremos los rencores
desinfectaremos los sueños que quedaron atrapados
en las plantas que se secaron (por mi culpa).
Me llevo dos platos, el cenicero azul y el abrecartas.
Pero antes dime que has soñado y que fue conmigo
dime si alguna vez te has visto amarme en tus sueños.
La luz es la prueba definitiva de que alguien te ama, dijiste.
La luz naranja y gris y azul
que abre todas las rendijas a media tarde.
Viajar no era necesario.
Te faltó rezar, reconócelo. No fuiste capaz de arrodillarte.
Tampoco se trataba de eso. Siempre quisiste saber
lo que se siente en un tren en marcha
cuando todas tus pertenencias están en la maleta.
Saberlo todo de repente,
reconocer a tientas tus objetos más valiosos.
Pero la velocidad no es eso.
Decidiste que el mundo se sostenía
sobre un alambre oxidado.
‒Dime que no necesitas nada y me rendiré.
Cercos de vasos que ninguna cera pudo remediar
eran la medida del tiempo que nos bebíamos.
Abejas muertas entre las sábanas.
Le robé todas las mentiras que pude a tu corazón.
Ahora un solo verano arrastra mi vida
y ningún viento echa abajo mi casa.
Mis palabras, sin ninguna prisa
pájaros tomando el sol sobre una grúa del puerto.

El azar encontró una calle donde vigilarnos
y fuimos moscas sin alas untadas en aceite.
El azar también duda
y los cobardes se abrazan bajo árboles enfermos.
Se abrazan y ríen.
No oigo de sus bocas
más que el lento devaneo de la muerte.
No es fácil acostumbrarse.
Si de niño te hubiesen clavado
un cristal en cada mano comprenderías mis palabras.
Manos desarraigadas sosteniendo lo que queda
de este amor.
Manos para colar leche: hojas secas entre las manos.
Manos hechas para el agua: peces
habitando mis manos alicatadas.
Ahora sé que alguien borró el trazado de las calles
y que preferías mujeres de pasado pluscuamperfecto:
yo siempre te amo (entonces) en infinitivo.
-Hoy desearía tener la edad de un árbol.
Tanta soledad parecía una broma estúpida.
Cada paso, un metro cúbico de lluvia.
Identifícate con fuego y saldrás perdiendo, dijo alguien
en un idioma que no llegué a reconocer.
Un gato sucio y mojado buscó refugio entre mis piernas
con tus mismos gestos (entre mis piernas).
Pronto supe que es mentira la venganza
y los regímenes de 2.000 calorías.

No podrías asegurarlo,
pero creo que fue en ese preciso instante
cuando recordé las palabras de Rilke:
Los gatos hacen aún mayor el silencio que nos rodea.



domingo, 16 de abril de 2017

Embajadora (por William Carlos Williams)



Una mujer negra
llevando un ramo de flores grandes
envueltas
en un viejo periódico:
las lleva rectas,
con la cabeza descubierta,
el volumen
de sus muslos
haciéndola balancearse
conforme avanza
mirando
la vitrina de una tienda
que queda en su camino.
Qué es ella
sino una embajadora
de otro mundo
un mundo de flores bellas
de dos tonos
que ella anuncia
sin saber lo que hace
más
que caminar por las calles
sosteniendo las flores rectas
como una antorcha
tan temprano en la mañana.



sábado, 15 de abril de 2017

Desamor (por Rosario Castellanos)


Me vio como se mira al través de un cristal
o del aire
o de nada.

Y entonces supe: yo no estaba allí
ni en ninguna otra parte
ni había estado nunca ni estaría.

Y fui como el que muere en la epidemia,
sin identificar, y es arrojado
a la fosa común.


viernes, 14 de abril de 2017

Pero no el corazón (por Simon Armitage)



He hecho testamento; me dejo a la Salud

Nacional. Estoy seguro de que pueden usar

las gelatinas y los tubos y jarabes y colas,

la red de nervios y venas, la hogaza de sesos,

un surtido de empastes y suturas y lesiones,

sangre – un galón exactamente de sopa de arándano –

el chasis o la jaula o la catedral de hueso;

pero no el corazón, pueden dejarlo solo.


Pueden tener el lote, todo el surtido:

los bucles y las bobinas y las ruedas dentadas y las

suspensiones y las bielas, los hilos y cuerdas y filamentos,

la cara, el estuche, los dientes y las manos,


pero no el péndulo, el corazón;

que lo dejen donde se pare o se cuelgue.

jueves, 13 de abril de 2017

En qué cuadros (por Abraham Gragera)


En museos, en libros de arte, trato de adivinar siempre en qué cuadros les gustaría vivir a las personas que admiro, los seres que amo, aquellos que recuerdo por soñar

todavía. A veces los descubro entre la multitud, en ceremonias campesinas, y a veces los convierto en ciudadanos de una ciudad ideal, la pincelada viva de una naturaleza

muerta, o unas simples figuras en un paisaje simple, cuyo único deseo es quedarse un poco más ahí, de pie, frente a los campos vacíos, como si el hombre fuese sólo

la forma humana del tiempo, y no la forma temporal del hombre el tiempo que los ha soñado así, a la altura de la siembra, a medida de la siega.

miércoles, 12 de abril de 2017

Quebrar el hipnotismo (por Roberto Juarroz)



Quebrar el hipnotismo de las cosas,

su presencia de extraña fijeza,

su pasado inferviente,

su espacio de impertérritas maniobras.


Quebrar el hipnotismo

que nos lleva a seguirlas,

a pactar con la vena y con la escoba,

a estirar el pasado,

a revolver el sitio de los muertos.


Quebrar el ciclo histérico

de sentirnos siempre enfrente de algo,

de manejar el humo como un cetro,

de apiadarnos de todos y de nadie.


El corazón se estrena a cada paso

y no tiene fijeza en la mirada.

El único hipnotismo tolerable

se apagó con las lámparas del templo.


Hay que desenfrentarse de la vida

y mirar hacia un ojo que no nos hipnotice.



martes, 11 de abril de 2017

En la delgada línea (por Charles Simic)



Los viejos tienen malos sueños,
duermen poco por eso.
Andan descalzos,
sin encender la luz,
o se quedan de pie, apoyados
en qué muebles tristísimos,
escuchando sus propios latidos.

Hay en el cuarto una ventana,
y es negra igual que una pizarra.
Cada viejo está solo
en el salón, fijos los ojos
en la delgada línea de gris
entre el estar aquí
y el ya no estar aquí.

No importa. Un vaso de agua,
eso venían a buscar,
aunque no nada más.
Escuchan: la pared tiene ratones,
un auto pasa por la calle,
sus padres muertos pasan arrastrando los pies
cuando van a la cocina.

lunes, 10 de abril de 2017

Los demás también (por Fernando Pessoa)


Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es que otra gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi conciencia, que, por ser conciencia, me parece ser la única.

Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño de las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con los personajes dramáticos que en el escenario pasan a través de los actores, que los representan.

Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona.

Puede conceder que esa persona esté viva, que sienta y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada.

Hay figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por encima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes, en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida.

Tengo por más mías, con mayor parentesco e intimidad, ciertas figuras que están escritas en los libros, ciertas imágenes que he conocido en estampas, que muchas personas, a las que llaman reales, que son de esa inutilidad metafísica llamada carne y hueso.

Y «carne y hueso», en efecto, las describe bien: parecen cosas recortadas puestas en el exterior marmóreo de una carnicería, muertes que sangran como vidas, piernas y chuletas del Destino.

No me avergüenzo de sentir así porque ya he visto que todos sienten así.

Lo que parece haber de desprecio entre hombre y hombre, de indiferente que permite que se mate gente sin que se sienta que se mata, como entre los asesinos, o sin que se piense que se está matando, como entre los soldados, es que nadie presta la debida atención al hecho, parece que abstruso, de que los demás también son almas.

Ciertos días, a ciertas horas, traídas a mí por no sé qué brisa, abiertas a mí por el abrirse de no sé qué puerta, siento de repente que el tendero de la esquina es un ente espiritual, que el hortera, que en este momento se inclina a la puerta sobre el saco de patatas, es, verdaderamente, un alma capaz de sufrir.

Cuando ayer me dijeron que el dependiente de la tabaquería se había suicidado, sentí una impresión de mentira. ¡Pobrecillo, también existía! Lo habíamos olvidado, todos nosotros, todos nosotros que le conocíamos del mismo modo que todos los que no le conocieron. Mañana le olvidaremos mejor. Pero que tenía alma, la tenía, para que se matase. ¿Amores? ¿Angustias? Sin duda…

Pero a mí, como a la humanidad entera, me queda sólo el recuerdo de una sonrisa tonta por encima de una chaqueta de mezclilla, sucia, y desigual en los hombros. Es cuanto me queda, a mí, de quien tanto sintió que se mató de sentir porque, en fin, de otra cosa no debe de matarse nadie… Pensé una vez, al comprarle cigarrillos, que se quedaría calvo pronto. Al final, no ha tenido tiempo de quedarse calvo. Es uno de los recuerdos que me quedan de él. ¿Qué otro me había de quedar si éste, después de todo, no es suyo, sino de un pensamiento mío?

Tengo súbitamente la visión del cadáver, del ataúd en que le han metido, de la tumba, enteramente ajena, a la que tenían que haberle llevado. Y veo, de repente, que el dependiente de la tabaquería era, de cierta manera, chaqueta torcida y todo, la humanidad entera. Ha sido tan sólo un momento. Hoy, ahora, claramente, como hombre que soy, él ha muerto. Nada más.

Sí, los demás no existen… Es para mí para quien este ocaso remansa, pesadamente alado, sus colores neblinosos y duros. Para mí, bajo el ocaso, tiembla, sin que yo le vea correr, el río grande. Ha sido hecha para mí esta plaza abierta sobre el río cuya marea se acerca. ¿Ha sido enterrado hoy en la fosa común el dependiente de la tabaquería? No es para él el ocaso de hoy. Pero, de pensarlo, y sin que yo quiera, también ha dejado de ser para mí…




domingo, 9 de abril de 2017

Qué manera de comunicarte conmigo (por Roberto Bolaño)



Extraño maniquí de una tienda del Metro,
qué manera de observarme
y presentirme más allá de todo puente
mirando el océano o un lago enorme
como si de él esperara aventura y amor
Y puede un grito de muchacha en plena noche
convencerme de la utilidad de mi rostro
o se velan los instantes, placas de cobre al rojo vivo
la memoria del amor negándose tres veces
en aras de otra especie de amor
Y así nos endurecemos sin abandonar la pajarera
desvalorizándonos
o bien volvemos a una casa pequeñísima
donde nos espera sentada en la cocina una mujer
Extraño maniquí de una tienda del Metro
qué manera de comunicarte conmigo, soltero y violento
y presentirme más allá de todo
solamente me ofreces nalgas y senos
estrellas platinadas y sexos espumosos
No me hagas llorar en el tren naranja
ni en las escaleras eléctricas
ni saliendo repentinamente a marzo
ni cuando imagines, si imaginas, 

mis pasos de veterano absoluto
nuevamente bailando por los desfiladeros
Extraño maniquí de una tienda del Metro
así como se inclina el sol y las sombras de los rascacielos
irás inclinando tus manos
así como se apagan los colores y las luces de colores
se apagarán tus ojos
¿Quién te mudará de vestido entonces?
Yo sé quién te mudará de vestido entonces



sábado, 8 de abril de 2017

De tiempo (por Circe Maia)



Se hacen en el tiempo

y están hechos de tiempo.

Se hacen de a poco, como a pequeños golpes

de cincel, una estatua.


Como un tejido, punto por punto

día por día.


Pero después están. Están como una mesa

apoyada en el piso: ese modo de hablar, por ejemplo

esos gestos

los círculos de actos rutinarios

tan objetos

tan cosas

que sólo se deshacen con la muerte.



viernes, 7 de abril de 2017

Él tenía que gritar (por Simon Armitage)


Salimos

al patio de la escuela juntos, yo y el chico

cuyo nombre y cara


no recuerdo. Estábamos probando el rango

de la voz humana:

él tenía que gritar por todo lo que valía,


yo tenía que levantar un brazo

para hacer señales de un lado al otro de la divisoria

de que el sonido se había oído.


Llamó desde el parque —levanté un brazo.

Desde fuera de los límites,

gritó desde el final del camino,


desde el pie de la colina,

desde más allá del puesto de vigilancia de Fretwell’s Farm

—levanté un brazo.


Desapareció de la vista, pasó a llevar veinte años muerto

con un agujero de disparo

en el techo de la boca, en Australia Occidental.


Chico con el nombre y la cara que no recuerdo,

puedes dejar de gritar ahora, todavía puedo oírte.



jueves, 6 de abril de 2017

Y la muerte no tendrá dominio (por Dylan Thomas)



Y la muerte no tendrá dominio.
Los desnudos muertos serán uno
con el hombre en el viento y la luna del poniente;
cuando sus huesos sean descarnados y los descarnados huesos
se consuman,
en el codo y el pie tendrán estrellas;
aunque se vuelvan locos estarán cuerdos,
aunque se hundan en los mares se volverán a levantar;
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor,
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
Los que yacen hace tiempo en los recodos bajo el mar
no morirán ahí en vano;
retorcidos en los potros de tormento cuando cedan los tendones,
atados a una rueda de tortura, aun así no serán despedazados;
la fe en sus manos se partirá en dos
y los males los atravesarán como unicornios;
cuando todos los cabos estén rotos, ellos no se partirán;
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
No pueden gritar más en sus oídos las gaviotas
ni romper ruidosas las olas en la playa;
donde surgió una flor, otra no podrá
alzar su cabeza a los golpes de la lluvia;
aunque estén locos y muertos como clavos,
sus cabezas se hundirán entre margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol se hunda,
y la muerte no tendrá dominio.



miércoles, 5 de abril de 2017

Habrá tiempo (por T.S. Eliot)



Vayámonos entonces, tú a mi lado,

cuando todo el ocaso se esparce sobre el cielo

como un paciente anestesiado

tendido en un estrado;

vayamos pues, por ciertas

calles semidesiertas,

murmurantes asilos

de noches en hoteles baratos e intranquilos,

y fondas de aserrín y ostras abiertas;

por calles que se alargan como un tema aburrido,

de insidioso sentido,

para llegar a una pregunta abrumadora…

Oh, no me preguntéis: ¿Cuál es? , ahora;

vayamos a cumplir nuestra visita.


Las mujeres atraviesan el salón

y hablan de Miguel Ángel, el pintor.


La neblina amarilla que se frota los hombros sobre los ventanales,

la humareda amarilla que se frota el hocico sobre los ventanales,

ya lamió con su lengua los huecos de la tarde;

se detuvo en los charcos de algunos albañales,

recibió en sus espaldas hollín de los hogares,

resbaló a la terraza, dio un salto repentino,

y advirtiendo el encanto de octubre vespertino

se ha enroscado a la casa, y se ha dormido.


Y habrá tiempo, en verdad, para la niebla

amarilla que vaga por las calles

frotando sus espaldas contra los ventanales;

habrá tiempo, habrá tiempo

de preparar un rostro para afrontar los rostros que veremos;

y tiempo para el crimen, para la creación,

para todas las obras y días de las manos

que levantan y sueltan sobre nuestros pocillos su vana inquisición;

hay tiempo para mí, y hay tiempo para ti,

y hay tiempo para cien indecisiones,

y para cien visiones, y nuevas revisiones,

antes de las tostadas y del té.


Las mujeres atraviesan el salón

y hablan de Miguel Ángel, el pintor.


En verdad, habrá tiempo

para pensar: ¿Me atrevo? ; para decir: ¿Me atrevo? ,

y bajar la escalera, y alejarme de nuevo

con mi calva incipiente escondida entre el pelo…

(Y dirán: Me he fijado que está perdiendo el pelo ).

Con mi saco de sport, y mi cuello que asciende derecho hasta mi barba,

mi corbata modesta y lujosa, asegurada con un simple alfiler…

(Y dirán: Me he fijado

que está mucho más delgado ).

Y quisiera saber

si yo me atrevo a perturbar el mundo.

Porque hay tiempo en un instante para hacer y deshacer

cien proyectos revocados en el próximo segundo.


Porque ya las sé todas, ya me son conocidas

conozco las mañanas, las tardes, los ocasos;

con cucharas de postre yo he medido mi vida;

sé las voces que mueren en un acorde lento

debajo de la música de una lejana estancia.

¿Qué puedo entonces presumir?


Y también ya conozco los ojos, ya los sé…

Los ojos que os retienen en un lugar común;

y ya inmovilizado, fijo en un alfiler,

cuando estoy debatiéndome, pinchado en la pared,

¿cómo podría proceder

a eyacular los restos de mi vida y mi ser?

¿Y qué podría pretender?


Y conozco los brazos, todos, uno por uno…

Los brazos enjoyados, y blancos, y desnudos

(pero a la luz cubiertos de un suave pelo rubio).

¿Es el perfume de un vestido

que me ha distraído de pronto?

Brazos sobre una mesa, o envueltos en un chal.

¿Y cómo, entonces, simular?

¿Por dónde habría de empezar?



¿Diré que algunas tardes me alejé por las calles

estrechas, y que he visto el humo de las pipas

de aquellos solitarios en mangas de camisa,

que a las ventanas se asomaban…?


Yo debí ser un par de garras desiguales,

arañando los pisos de mares silenciosos.



¡Y la tarde, el crepúsculo, duerme tan dulcemente!

Por largos dedos acariciado,

cansado… adormecido… o caprichosamente

extendido en el suelo, a tu lado, a mi lado.

Después de los helados, de las masas y el té,

¡cómo podré obligar la crisis de este instante!

Y aunque yo haya llorado, rezado, y ayunado,

aunque vi mi cabeza (un poco calva) en una fuente servida,

yo no soy un profeta… y me es indiferente;

yo vi cómo el instante de mi gloria caía,

vi el eterno lacayo sosteniendo mi saco, vi que se sonreía,

y en verdad, me asusté.


¿Y valdría la pena, quizás, después de todo,

después del té, y las tazas, y después de los dulces,

entre las porcelanas, en medio de una charla a nuestro modo,

sería en realidad tan preferible

atacar el asunto mediante una sonrisa,

juntar en una bola, de pronto, el universo

y arrojarla hacia alguna pregunta irresistible,

y decir: Yo soy Lázaro, vengo de entre los muertos,

vengo a contaros todo, os diré todo…

si alguna, acomodando su cojín

debajo de la nuca, con un gesto

me dijera: No es nada, nada de esto,

esto no es lo que quise dar a entender, en fin.


¿Y valdría la pena, quizás, después de todo,

nos serviría de consuelo

después de los crepúsculos, después de las entradas

y las calles mojadas

después de las novelas y las tazas de té, después de las faldas que

arrastran por el suelo…

y todo esto, y lo demás…?

Pero es tan inefable lo que quiero expresar;

como si proyectaran con la linterna mágica

los nervios dibujados sobre la blanca escena:

¿y valdría la pena,

si alguna, despojándose de su chal con un gesto,

o acomodando algún cojín,

me dijera de pronto, mirando la ventana:

No es nada, nada de esto

esto no es lo que quise dar a entender, en fin.



No, yo no soy el príncipe Hamlet, ni puedo serlo;

soy un señor del séquito, alguien que sirve apenas

para expresar la acción, y abrir ciertas escenas,

o aconsejar al príncipe; un fácil instrumento,

obsequioso, sin duda, y en su oficio contento,

cauto, prudente, y muy meticuloso;

lleno de altas palabras, pero un poco embotado;

a veces, casi, desairado…

y casi, a veces, el Gracioso.


Envejezco… Sin remisión envejezco…

Me enrollaré los bajos del pantalón.


¿Detrás de la cabeza debo hacerme la raya?

¿Podré comer duraznos? Usaré pantalones

de franela amarilla, pasearé por la playa.

Yo escuché las sirenas, y sus mutuas canciones.


No creo que quisieran cantarlas para mí.


Yo las vi cabalgando las olas mar afuera,

y peinando a la espuma su cabellera blanca,

cuando impulsan los vientos el agua blanca y negra.


En las habitaciones del mar nos detuvimos

entre ninfas orladas con racimos y algas;

pero una voz humana nos llama, y nos hundimos.



martes, 4 de abril de 2017

Un combate sagrado (por Juan Antonio González Iglesias)


Cómo hemos alcanzado la camaradería.
Estamos ya descalzos como dos karatekas.
Los pies pisan tarima de madera y baldosas
de barro. En un momento los pies pisan los pies.
Para que haya dos héroes tiene que haber un reto.
Es un entrenamiento, un combate sagrado.
Semidesnudos, somos iguales a centauros.
Se acercan los dos torsos thoracatos, se abrazan.
Estamos en silencio. Estamos sin aliento.
Me gusta tu loriga recién inaugurada.
Qué maravilla todo lo que hemos olvidado.
Hemos hablado tanto de los plexos solares
y ahora están en contacto. Dejémolos a ellos.
Que sean un solo árbol con mil inervaciones.
Descansemos de todo. Con la mano derecha
busco tu corazón. Su alboroto es el mío.
Cuánto tiempo llevamos con los ojos cerrados.



lunes, 3 de abril de 2017

La transparencia (por Juan Ramón Jiménez)


Dios del venir, te siento entre mis manos,
aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa
de amor, lo mismo que
un fuego con su aire.

No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo,
ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
eres igual y uno, eres distinto y todo;
eres dios de lo hermoso conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.

Yo nada tengo que purgar.
Toda mi impedimenta
no es sino fundación para este hoy
en que, al fin, te deseo;
porque estás ya a mi lado,
en mi eléctrica zona,
como está en el amor el amor lleno.

Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia
y la de otro, la de todos,
con forma suma de conciencia;
que la esencia es lo sumo,
es la forma suprema conseguible,
y tu esencia está en mí, como mi forma.

Todos mis moldes, llenos
estuvieron de ti; pero tú, ahora,
no tienes molde, estás sin molde; eres la gracia
que no admite sostén,
que no admite corona,
que corona y sostiene siendo ingrave.

Eres la gracia libre,
la gloria del gustar, la eterna simpatía,
el gozo del temblor, la luminaria
del clariver, el fondo del amor,
el horizonte que no quita nada;
la trasparencia, dios, la trasparencia,
el uno al fin, dios ahora sólito en lo uno mío,
en el mundo que yo por ti y para ti he creado.


domingo, 2 de abril de 2017

Era de ver su júbilo (por Henry Alexander Gómez)



Eran las mañanas y las tardes. Solía acompañar a mi abuela Ana

a llevar y traer las vacas, del establo al potrero y del potrero al establo.


Íbamos por la mitad del pueblo arreando las vacas

que eran como dedos gordos de Dios.


Yo y mis cinco años y la rama de un árbol haciendo de fusta.


El sol trepaba por las manchas azules de las vacas y en su paso torpe

un aliento desconocido empozaba la sílaba del sueño.


Las piedras, las crestas de los árboles, un puñado de maderos y sus cercas.


Verlas pastar era echar boca adentro toda la paciencia del aire,

como hundir una luna en un enredo de hierba.


Y en los ojos de las vacas un vacío de luz, un misterio lerdo que latía en cenizas

sobre el corazón lento del día.


Mis cinco años, mi abuela Ana y las moscas abriendo huecos

en las primeras sombras de la tarde.


Entonces la vaca Golondrina se fue de bruces al río.

El hechizo del agua le llegó como una soga que halaba su carne

en una cadencia sin tiempo.

Era de ver su júbilo corriendo entre las formas del torrente. Mugía y su voz era un tambor que trenzaba mi garganta. Un fósil nacido en lo más hondo de la vocal del mundo.


Corría la vaca por el río y mi abuela la seguía desde la orilla,

entre los pastos largos y mojados,

llamando desesperadamente su bovino. Cuidado de no ahogarse la vaca loca.


Mis cinco años arreando el sueño de loco de mi abuela Ana. En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas.


Hará tiempo de aquello. El río arrastrando esqueletos húmedos de hojas y trastos vegetales, llevándose consigo mis cinco años y las alas invisibles de la vaca Golondrina,

en una ceremonia de bocas abiertas a los muslos de la nada. Navegaba ahora

hechizado el ocaso en una brisa de peces muertos.


Dicen que las vacas

se parecen a los sueños de los hombres tristes, no dejan de rumiar su soledad

en cualquier balcón desvencijado de la vida. En el mañana

o en el ayer, es floración la noche cerrada.


A la orilla, sobre la piedra molida, boquea todavía la vaca Golondrina

tragando tajos de luz. Muge mientras puede.


sábado, 1 de abril de 2017

Y otra vez el mar (por Germán Arens)


En Facebook

una chica que no conozco

dice que en el mar hace frío.

También que el mes de enero debería durar seis meses.


Carina, me cuenta que murió el hijo del rector,

que estaba por ir a velarlo y una tormenta

fue la excusa perfecta para no salir.


Arturo, notifica la detención de una dirigente social.

Agrega que no debe ser ninguna santa,

pero que los ciudadanos, ante la situación actual,

deberíamos saber dividir los tantos

y no permitir que un árbol nos tape el bosque.


Un amigo no puede dormir…

Su novia no lo tiene en la cabeza.


Un poeta me ofrece su libro:

“Cada tribu tiene sus propios rituales para enfrentar el misterio misterio
La nuestra, la de los poetas solitarios, no es una excepción

Cuando los poemas se guardan en un libro se vuelven definitivos
nuestro rito es compartirlos

No hacerlo puede provocar la furia de las musas y

condenarnos al eterno silencio”.

Los alacranes no están vivos.

Pertenecen al estampado de mi calzoncillo.


//


El problema no es hablar con los perros

sino contar lo que te dijeron.


//


En cuanto a forma,

color, dimensión y perspectiva

pudo haber sido una alteración visual.

Aunque estoy casi seguro

que ese resplandor del que hablo

estaba vivo.


//


El mar estaba empecinado en tragarnos. Volví a pedirle a mi hermano que pise el acelerador. No hagas caso, me dijo, no hay mar, es solo una cristalización de tu mente; el día está hermoso. Sin insistir, en un acto reflejo, abrí la puerta de la camioneta. Al dar contra el suelo sentí dolor, no puedo expresarlo de otra manera: dolor. Mi codo derecho se desarticuló por completo y salvo movimientos del hombro mi brazo quedó inutilizado. Fue entonces que giré la cabeza, y otra vez el mar, perdiendo su liquidez, levantándose ante mí como una cobra gigante. 



viernes, 31 de marzo de 2017

Un gigante espantoso (por Anna Crowe)



Estaba de pie al final del vagón.

Un gigante espantoso vestido de cuero negro,

con franjas y clavos y el pelo rojo cortado a lo mohicano.

Ha venido a sentarse en el asiento de al lado.


Y de pronto: Las plantas son extraordinarias, ¿no es verdad?

La voz, con un fuerte acento del Ulster. Y levanta la mirada del libro,

los ojos brillantes bajo la cresta leonada.

—Si no fuera por las plantas,

si no fuera por los haces vasculares,

nosotros no podríamos mantenernos en pie.

Habla con un crujir de cuero,

con un sonido como el de las ramas de un pinar

al rozarse entre sí. Y una multitud de clavos,

desde las orejas hasta los desnudos brazos con pulseras,

y sus elocuentes mitones con puños de hierro,

relucen y destellan como la lluvia sobre los cardos.


Es un hombre verde que habla hojas.

El frondoso follaje llena el vagón

de rumores susurrados: de palabras que componen

una música linneana, dejando espacio

para que el colobo, la catleya y la manorina campaneras

se asomen a hurtadillas desde las periferias del habla.


Durante una hora dominó la conversación con un lenguaje

tan por encima de mí como una secuoya.

Esquivo como el jaguar, y con todo perdido.

Todo menos aquellos hogareños y resonantes

haces vasculares. Ah, y el salterio.

Tocaba el salterio en un conjunto de folk-rock,

e iba tocar a Newcastle, donde bajó del tren.


Pienso en cómo le había temido,

de cómo tememos lo que no conocemos.

Y cuando oigo por la radio los silbidos

y los tambores de los orangistas que marchan,

intento imaginar la melodía adaptada para salterio,

oyendo las cuerdas mansamente pulsadas,

viendo una figura vestida de negro,

alto como un cedro del Líbano y bailando,

como David con su salterio

ante el Señor.

jueves, 30 de marzo de 2017

En el espejo (por Isabel Bono)



Espere, por favor. La chica movió la mano entre las

puertas, se abrieron sin haber llegado a cerrarse.

Gracias, dijo ella. Llevaba una bolsa en cada mano.

La chica pulsó el séptimo y preguntó a qué piso iba.

Sí, al último, gracias. Le extrañó que pulsase antes

de preguntar. El ascensor bien podía no haber tenido

memoria. Sonrió.

¿Qué pasa?, preguntó la chica como si ella fuera la

responsable de que el ascensor acabara de pararse

entre dos plantas. ¿Por qué se para?, volvió a decir

con vehemencia.

Pulsa el timbre, por favor. Púlselo usted, dijo antes

de aporrear la puerta y gritar Socorro. Ella colgó de

la barra horizontal que atravesaba el espejo las dos

bolsas, una en cada extremo. ¿Qué hace? Tengo las

manos ocupadas, respondió, demorándose a

propósito en cada palabra, y pulsó el timbre.

No puedo respirar, no puedo respirar. Sí puedes, no

digas tonterías, cierra los ojos y respira, con los ojos

cerrados el espacio es mayor, piensa en algo bonito.

Se sintió ridícula hablándole como si fuera una niña

pequeña. Llamaré a casa, sigue respirando. No me

suelte la mano, dijo la chica. No hay nadie. La chica

se echó a llorar. Lloraba sin abrir los ojos. No llores,

mujer, no te va a pasar nada. Ya lo sé, no es eso.

Estaban sentadas en el suelo. La chica ya no

lloraba. Llevaban calladas un buen rato. Mientras la

chica había estado con los ojos cerrados, ella la había

mirado sin pudor. Su cara le resultaba familiar.

¿Por qué ha colgado ahí las bolsas?, señaló la

barra. Ella sintió que el calor le subía a la cara.

Cuando llego a casa pongo las bolsas sobre la mesa

de la cocina, así que no me gusta que antes hayan

estado en el suelo, manías, ya sabes. La chica no dijo

nada. ¿Tú no tienes manías? No le interesaba en

absoluto si la chica tenía manías o no, tampoco

pretendía iniciar una conversación, solo quería salir

de allí de una vez. Aquella situación empezaba a

resultarle incómoda.

¿Lleva chocolate? ¿Cómo? En las bolsas, ¿lleva

chocolate? No llevaba, pero le ofreció unas galletas.

Son integrales, se excusó. La chica tomó dos sin dar

las gracias. Tendría unos veinte, pero se comportaba

como una niña de diez. ¿Sabe?, dijo con la boca

llena, venía dispuesta a darle un ultimátum a mi

novio, pero me lo he pensado mejor. Ni siquiera

habrá ultimátum, lo voy a dejar. Novio. Repasó a los

vecinos de su planta. Quiero tener hijos, ¿sabe?,

¿usted tiene hijos? Una hija. Yo quiero tener

muchos hijos.

Estuvo a punto de decirle que uno cree que serán

los hijos quienes entierren a los padres y no al revés,

nadie piensa antes de tenerlos que hay niños que

mueren porque sí, y de repente supo a quién le

recordaba.

El ascensor dio un salto y la chica se puso en pie

inmediatamente. Pulsó varias veces y empezaron a

bajar. Cuando las puertas se abrieron la chica no

tardó ni un segundo en salir y, volviéndose con una

gran sonrisa, dijo Adiós. Ella estaba apoyada en la

barra horizontal frotándose las piernas para

desentumecerlas. Adiós, respondió, pero la chica ya

no estaba.

Las puertas se cerraron. Mientras subía, no pudo

dejar de mirarse en el espejo ni un instante. El

parecido era asombroso.



miércoles, 29 de marzo de 2017

Vi moho (por Concha García)


Una cacerola que dejé puesta un día
sobre el mármol de la cocina.
Aquel lugar deshabitado largos años
mantuvo el utensilio. Yo era otra
al volver a destaparla. Vi moho,
vi roña, vi partículas muy confusas
nadando en el agua pestilente. Vi
la forma de la cacerola intacta.
Recorrí con la mirada cansina
los alrededores del lugar, y el tiempo
se volcó sobre mí: el mismo edificio,
la misma calle, las mismas acacias.
El hedor de la cacerola era tan intenso
que me aparté a la ventana
para respirar. Mirando la calle
vi la misma gente, las mismas
posturas de la gente, las mismas
conversaciones de la gente. Lo vi
todo igual. Vacié aquel hediondo
líquido y restregué la porcelana
con un viejo estropajo que se deshizo
entre mis dedos.




martes, 28 de marzo de 2017

Hay una valla (por Aníbal Núñez)


Nada queda de nuestro
palomar blanco, donde
sentimos el primer
vértigo nada queda
del almendro en el que
imaginábamos lianas
y éramos dos tarzanes nada queda
de la tapia que el mundo dividía
en territorio apache
y en territorio sioux nada queda
del cuarto de las ratas
que olía a viejas historias y tampoco
queda nada me han dicho
de la terraza ni de la
galeria de cristal donde el sol en invierno
se acurrucaba como un gato nada
queda de la escalera
de caracol ya nada
del jardín con castaños con acacias
con ¿qué? donde aprendimos a montar
en bicicleta nada
queda de nuestra casa
primera
Hay una valla
y detrás nada, los expertos
han medido el terreno con sus metros cuadrados
con sus gafas cuadradas han aojado el terreno
con sus zapatos negros han sumado la tierra
de nuestra infancia que hoy no tiene
dónde meterse:
está prohibido
el paso a los ajenos a la obra.



lunes, 27 de marzo de 2017

Justo bajo la superficie (por Margaret Atwood)


Fue tomada hace poco.
Al principio parece
una impresión
difuminada: líneas borrosas y manchas grises
mezcladas con el papel;

luego, mientras la examinas,
distingues algo en una esquina a la izquierda
algo así como una rama: parte de un árbol
(bálsamo o abeto) que emerge
y luego, a la derecha, subiendo a la mitad del cuadro
lo que podría ser una leve pendiente,
una choza pequeña.

Al fondo hay un lago,
y más allá, algunas colinas bajas.

(La fotografía fue tomada
un día después de haberme ahogado.

Yo estoy en el lago, al centro
de la imagen, justo bajo la superficie.

Es difícil decir en dónde
exactamente, o decir
qué grande o pequeña soy:
el efecto del agua
a la luz es una distorsión.

pero si observas lo suficiente
tarde o temprano
me podrás ver).




domingo, 26 de marzo de 2017

Alegría triste (por Fernando Pessoa)


La sensación de la convalecencia, sobre todo si se ha hecho sentir malamente en los nervios de la enfermedad que la ha precedido, tiene algo de alegría triste. Hay un otoño en las sensaciones y en los pensamientos o, mejor dicho, uno de esos principios de primavera que, salvo que no caen hojas, parecen, en el aire y en el cielo, el otoño.

El cansancio sabe bien, y lo bien que sabe duele un poco. Nos sentimos un poco aparte de la vida, aunque en ella, como en el balcón de la casa de vivir.

Somos contemplativos sin pensar, sentimos sin una emoción definible. La voluntad se tranquiliza, pues no hay necesidad de ella.

Es entonces cuando ciertos recuerdos, ciertas esperanzas, ciertos vagos deseos suben lentamente la rampa de la conciencia, como caminantes vagos vistos desde lo alto del monte. Recuerdos de cosas fútiles, esperanzas de cosas que no dolió que no fuesen, deseos que no tuvieron violencia de naturaleza o de emisión, que nunca pudieron querer ser.

Cuando el día se ajusta a estas sensaciones, como hoy que, aunque estío, está medio nublado con azules, y un vago viento por no ser caliente es casi frío, entonces se acentúa ese estado del alma en que pensamos, sentimos, vivimos estas impresiones. No es que sean más claros los recuerdos, las esperanzas, los deseos que teníamos. Pero se siente más, y la suma incierta pesa un poco, absurdamente, en el corazón.

Hay algo de lejano en mí en este momento. Estoy de verdad en el balcón de la vida, pero no exactamente de esta vida. Estoy por encima de ella, y viéndola desde donde la veo. Yace delante de mí, bajando en escalones y resbaladeros, como un paisaje diferente, hasta los humos que hay sobre las casas blancas de las aldeas del valle. Si cierro los ojos continúo viendo, puesto que no veo. Si los abro, nada más veo, puesto que no veía. Soy todo yo una vaga añoranza del presente, anónima, prolija e incomprendida.



sábado, 25 de marzo de 2017

Entre los dos (por Roberto Juarroz)



La insana condición

de no poder pensar juntos,

de no poder pensar en común,

de no poder concebir entre los dos un pensamiento,

nos separa sin remedio.


Por eso la tentación mayor

de dos seres que se aproximan

es fundar un nuevo dios,

un dios que se comprenda a sí mismo

y corrija este error,

este trauma fatal

de los dioses partidos.



viernes, 24 de marzo de 2017

Exiliados en nuestro propio ser (por Dylan Thomas)



Una vez hubo un salvador
más precioso que el radium
más simple que las aguas, más cruel que la verdad;
reunidos por su hablar
los niños se alejaban del sol
para oír la nota de oro dar vueltas en un surco,
los prisioneros de sus deseos encerraban los ojos
en las cárceles y el indagar de su sonrisa sin llave.

Desde un erial perdido
voces de niños cuentan
que una calma se hacía en su inquietud segura,
cuando el hombre opositor hería
al hombre, al animal, o al pájaro
ocultamos el miedo en ese aliento asesino,
silencio, silencio que guardar cuando la tierra se volvió ruidosa
en las cuevas y asilos del tremendo alarido.

Se dejó oír la gloria
en las iglesias de sus lágrimas,
suspirabas cada vez que su brazo velludo te golpeaba,
oh tú que no pudiste llorar
sobre la tierra cuando un hombre moría,
derramaste una lágrima de gozo en el diluvio sobrenatural
y apoyaste la mejilla en una caracola con figura de nube.
Ahora estamos solos tú y yo en la oscuridad.

Dos ennegrecidos hermanos orgullosos
encerrados en el invierno lado a lado
le gritan a este inhóspito año hueco.
Oh nosotros que ni esbozar logramos
un pálido suspiro cuando oímos
golpear a la codicia en nuestro prójimo y quemar al vecino
pero acurrucados y lastimeros en el muro celeste
ahora soltamos una lágrima enorme por la caída pequeña que supimos,

por los hogares derribados
que no alimentan nuestros huesos,
ni las muertes valientes de unos pocos que jamás hallamos,
mira ahora solitario en nosotros
cómo nuestro genuino polvo de extranjeros
cabalga por las puertas de nuestra casa inexplorada.
Exiliados en nuestro propio ser levantamos
desatado, sin brazos, el amor sedoso y áspero que deshace todas las rocas.



jueves, 23 de marzo de 2017

Ah de los subalternos (por Antonio Gamoneda)



Nos vigilan subalternos políticos y presidencias blancas, asistidas éstas por
subsecretarios muy dóciles.

Ah de las presidencias,
ah de los subsecretarios, ah de los subalternos.

Corre­lativamente,

ah de los arpegios bursátiles y de los sodomitas eclesiásticos y de los ministerios engalanados

con suicidas colgantes, ah
de los inquilinos humanos.


Pensándolo bien, pensándolo,

ah de los viernes y de los domingos, ah de los
contables ecuánimes y de las cuentas

de plusvalía y llanto.
Ah de los ancianos que se orinan,

y de las multinacionales enfermas, y de mi abuela Clara, guarnicionera, viu­da sollozante

ante el gran panadero.

Ah

de los pensadores eméritos y de las comadronas
pretéritas.

ah de los párrocos.

Pensándolo mejor, pensándolo,
ah también de mis hijas y de sus cámaras

fértiles, y de sus hombres perdidos y de sus hombres hallados, ah de los tris­tes húmeros de mi amor tan amado, ah

de los mendigos insolventes.


Y finalmente,

pensándolo aún mejor, ah de las manos de mi padre y de las manos de mi madre, ambas cuatro ofrecidas a coleópteros ciegos.


Y más finalmente aún, apenas, mínimamente,
ah también de mi corazón ya amarillo,

inútilmente

cansado.




miércoles, 22 de marzo de 2017

Y los momentos que debieran durar para siempre (por Kenneth Rexroth)



Las estaciones cambian y los años pasan

sin ayuda ni vigilancia.

La luna, sin pensarlo,

cumple su ciclo, llena, creciente, y llena.


La luna blanca entra en el corazón del río;

el aire está lleno del perfume de las azaleas;

profundo en la noche, el cono de un pino cae;

nuestra fogata muere en la vacía montaña.


Las estrellas brillantes tiritan entre las trémulas ramas;

el lago es negro, sin fondo en la noche cristalina;

alta en el cielo, la Corona del Norte

es partida en dos por la oscura cumbre de un monte nevado.


Oh corazón, corazón, tan singularmente

intransigente y corruptible,

aquí yacemos extasiados junto al agua iluminada por las estrellas

y los momentos que debieran durar para siempre


se deslizan inconscientemente por nosotros como el agua.

martes, 21 de marzo de 2017

Yo no era nadie excepto el que te amó (por Raúl Gustavo Aguirre)



Ya no te guardaré,

se deshizo la música

donde me pareció que estabas.

Eran cristales rotos,

o arena, no sé bien:

yo pisé y comprendí.

Comprendí con asombro que el tiempo se estiraba

desesperado y sin sentido

y que yo no era nadie

excepto el que te amó.

Eran cristales rotos,

piedras o desventuras,

eran cuerpos enormes

o cenizas, no sé.

Yo pisé y comprendí. 



lunes, 20 de marzo de 2017

Mallorca revisited (por Miguel Ángel Velasco)


A cuatro días de morir el viejo
me he ido, solo, a bailar
-a cuatro días, ni uno más ni menos-,
a una gruta de esas
luces estroboscópicas y música de trance.
Pensando en el albur
de encontrarme de nuevo a las dos rusas
de la estancia pasada, Ira e Inna,
de una ternura audaz, y repetir
aquello tan conforme de los tres en la cama,
mirándolas beberse en los desmayos
de mi virilidad. Olvídate,
ya no las verás más a Ira e Inna;
recordarás, tan sólo, agradecido,
esa lujuria santa.
Mientras ya van tres cápsulas
de semilanceata,
esos hongos salvajes
que te aceitan las vértebras. Y bailas,
bailas como un poseso
a los treitaycinco años de tu edad,
con los ojos cerrados,
enhebrado en el ritmo,
multiplicado en brazos y figuras
como un derviche ido.
Contra la muerte bailas, contra la puta muerte,
por ese bulto rígido de tu viejo en el féretro,
por su rostro amarillo.
Si algo quieren, que vengan, las bacantes,
que se planten delante,
a ver si alguna hay que también baile
contra la muerte hoy,
multiplicándose en fatalidad,
desconyuntada en varias,
haciéndose una lámina vibrante
herida de destino,
puro mimbre… Si no
para otra bailaré. Porque esta noche
contra la muerte bailas,
como un fragmento suyo desatado,
como su cola eléctrica, amputada,
de lagarto amarillo.





domingo, 19 de marzo de 2017

No es ningún simulacro (por Saiz de Marco)


Esto es distinto.

Es una trama,
pero


no es ningún simulacro
ni una novela-río en donde pasan cosas,
ni un serial por entregas de risas y de lágrimas,
ni una pieza dramática con su elenco de actores,
su telón,
sus paredes
y su puesta en escena,
ni “Estamos en el aire”,
ni “Silencio, se rueda” acción en fotogramas,
ni algo que estoy soñando
y todo su argumento se anula al despertar.


Sí,
creo que no lo sueño:
creo que esto no lo sueño.

Puede que lo parezca
-¿y quién no querría a veces que fuera una ficción
fabulada u onírica?-;

pero no,
por matices de enfoque narrativo
no lo es.




sábado, 18 de marzo de 2017

Ese gélido huésped (por Emily Dickinson)


No hay que ser una casa para tener fantasmas
No es necesario ser una habitación
pues el cerebro tiene pasadizos al margen del
espacio material

Es más seguro topar a medianoche
con un espíritu de fuera
que plantar cara al que se lleva dentro
ese gélido huésped

Es más seguro profanar las losas
al recorrer una abadía
que encontrarse sin armas a uno mismo
en lugar solitario

El yo que acecha tras el yo
debería asustarnos mucho más
Un asesino oculto en nuestra casa
no es tan terrorífico

Toma el cuerpo un revólver
y cierra los candados
ignorando a un espectro más temible
o algo más


viernes, 17 de marzo de 2017

Mayor o menor que qué (por Carolina Musa)



A la siesta andábamos como fantasmas
en silencio, en bombacha, en puntas de pie.
Aunque no había represalias por el ruido
era una tradición
a medias apurada por el infierno del patio.
Mi hermana leía.
Yo pasaba horas sobre el cerámico fresco
jugando con una balanza:
dos platillos de plástico
y cinco pequeñas pesas grises.
Pesaba los objetos de la casa,
las muñecas, los adornos, los libros,
los anillos, las piedras, algunas hojas y flores
que arrancaba del patio, la ropa,
las uñas de mi propia mano pesé.
Era cada vez una maravilla
pero no exactamente
la medida en gramos de las cosas sino
su relatividad, las relaciones fortuitas
de esos datos más o menos duros
4 medias=1 llave
1 birome=21 cartas
¿Qué es mayor o menor que qué?
la raqueta y la pava
los lentes y el pescado de la tía
los libros ¿cuál libro?
La fascinación de ese acto
mecánico, cada vez
el soberano idiotismo revelado en unas reglas
que aseguraban disponer el orden de las cosas.
“Estate atenta” dice el mensaje
que la de entonces, toda intuición,
me envió a través del tiempo
en una cápsula cromada.



jueves, 16 de marzo de 2017

Entre otras muchas almas (por Wislawa Szymborska)


Esto es la Estigia, pequeña alma individual,

la Estigia, pequeña alma sorprendida.

Oirás la baja voz de Caronte en la megafonía,

te empujará hasta el embarcadero la invisible mano

de una ninfa huida del bosque terrenal

(aquí todos trabajan desde antaño).

En los pestañeantes reflectores verás cualquier detalle

del revestimiento de hormigón armado de la orilla

y cientos de motores en vez de aquella barca

desde hace tantos siglos de madera podrida.

La humanidad se ha multiplicado varias veces y ya ves lo

que pasa

mi pequeña y nostálgica alma.

Con gran daño del paisaje

los edificios se han acumulado junto al lago.

El transporte fluido de las almas

(millones de pasajeros año tras año)

es ya inimaginable

sin almacenes, diques y salas.

Hermes, mi pequeña alma pintoresca,

debe prever con antelación para otros días

qué guerras y dónde, y qué tiranías,

para después contar las barcas de reserva.

Gratis pasarás a la otra orilla

y sólo por nostalgia hacia otros tiempos

hay unas huchas en las que leemos:

Se ruega no depositar la calderilla.

Subirás en el sector siete gamma

a la barca tau once.

Cabrás, cabrás apretujada entre muchas otras almas,

así lo quieren la necesidad y las computadoras.

En el Tártaro te espera también una estrechez terrible

porque no es, como debería, flexible.

Movimientos reprimidos, arrugadas ropas,

en la cápsula de Leteo apenas una gota.

Mi pequeña alma, sólo si dudas de la otra vida

tienes una más amplia perspectiva.



miércoles, 15 de marzo de 2017

Aplazábamos (por Isabel Bono)


malgastábamos el tiempo

ordenando en un álbum las fotos del verano

para mirarlas alguna vez con nostalgia


acumulábamos canicas piedras

libros cartas poemas


aplazábamos así la felicidad, la vida


todavía no sé por qué

todavía no sé para cuándo


martes, 14 de marzo de 2017

En ocasiones (por Karmelo Iribarren)


El amor llega
en ocasiones
cuando no debe.

Y te complica la vida.

Y te dices
que deseas
que se vaya.

Pero se queda.

A él no puedes mentirle.




lunes, 13 de marzo de 2017

Sólo entonces (por Simon Armitage)


Después de la primera fase,
después de noches apasionadas y días íntimos,

sólo entonces él me dejaría rastrear
el río helado que corría por su rostro,

sólo entonces me dejaría explorar
la hinchada charnela de su mandíbula inferior,

y manejar y sujetar
la dañada clavícula de porcelana,

y preocuparme y asistir
el fracturado timón de la pala del hombro,

y el índice y el pulgar
la seda del paracaídas de su pulmón perforado.

Sólo entonces podría unir los puntales
y escalar los peldaños de sus costillas rotas,

y sentir el dolor
de su corazón raspado.

Bordeando de cerca,
sólo entonces podría representarme la exploración,

el feto de metal debajo de su pecho
donde la bala finalmente había ido a descansar.

Luego amplié la búsqueda,
remonté la cicatriz hacia su origen

hacia una mina sin explotar
enterrada profundamente en su mente, alrededor de la cual

cada nervio de su cuerpo se había estirado y cerrado.
Entonces, y sólo entonces, me acerqué.



domingo, 12 de marzo de 2017

Faltan algunas, otras aparecen (por Circe Maia)



Cambios pequeños y tenaces.

Bajo el cielo ya un grado

de luminosidad o de tibieza.

Ha caído más polvo sobre el piso o la silla.

Pequeñísima arruga se dibuja o se ahonda.

Hay un nuevo matiz en el sonido

de la voz familiar (¿Lo notarías?)

En un coro confuso de entreveradas voces

faltan algunas, otras

aparecen.

La misma

suma total: no hay cambios.

Millonésima ola golpea

millonésima roca

y el degaste

imperceptible y cierto

avanza.



sábado, 11 de marzo de 2017

Mi mujer con (por André Breton)


Mi mujer con cabellera de fuego de leña
Con pensamientos de relámpagos de calor
Con talle de reloj de arena
Mi mujer con talle de nutria entre los dientes del tigre
Mi mujer con boca de escarapela y de ramillete de estrellas de última magnitud
Con dientes de huellas de ratón blanco sobre la tierra blanca
Con lengua de ámbar y de vidrio frotados
Mi mujer con lengua de hostia apuñalada
Con lengua de muñeca que abre y cierra los ojos
Con lengua de piedra increíble
Mi mujer con pestañas de palotes que escriben los niños
Con cejas de borde de nido de golondrinas
Mi mujer con sienes de pizarra de techo de invernadero
Y de vaho en los cristales
Mi mujer con hombros de champagne
Y de fuente con cabezas de delfines bajo el hielo
Mi mujer con muñecas de fósforos
Mi mujer con dedos de azar y de as de corazón
Con dedos de heno segado
Mi mujer con axilas de marta y de bellotas
De noche de San Juan
De alheña y de nido de escalarías
Con brazos de espuma de mar y de esclusa
Y de mezcla de trigo y de molino
Mi mujer con piernas de cohete
Con movimientos de relojería y desesperación
Mi mujer con pantorrillas de médula de saúco
Mi mujer con pies de iniciales
Con pies de manojos de llaves con pies de pajaritos que beben
Mi mujer con cuello de cebada sin perlar
Mi mujer con garganta de Valle de Oro
De cita en el lecho mismo del torrente
Con senos nocturnos
Mi mujer con senos de topera marina
Mi mujer con senos de crisol de rubíes
Con senos de espectro de la rosa bajo el rocío
Mi mujer con vientre de despliegue de abanico de los días
Con vientre de garra gigante
Mi mujer con espalda de pájaro que huye vertical
Con espalda de azogue
Con espalda de luz
Con nuca de piedra de canto rodado y de tiza mojada
Y de caída de un vaso en que se acaba de beber
Mi mujer con caderas de barca
Con caderas de araña y de plumas de flecha
Y de canutos de plumas de pavo real blanco
De balanza insensible
Mi mujer con nalgas de greda y de amianto
Mi mujer con nalgas de lomo de cisne

Mi mujer con nalgas de primavera
Con sexo de gladiolo
Mi mujer con sexo de yacimiento y de ornitorrinco
Mi mujer con sexo de alga y de bombones viejos
Mi mujer con sexo de espejo
Mi mujer con ojos llenos de lágrimas
Con ojos de panoplia violeta y de aguja imantada
Mi mujer con ojos de sabana
Mi mujer con ojos de agua para beber en prisión
Mi mujer con ojos de bosque siempre bajo el hacha
Con ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de fuego


viernes, 10 de marzo de 2017

Gallo de Grazalema (por José Mateos)


Apenas puedo verte

desde esta edad de niebla y noche alta,

gallo de Grazalema, que cantabas

en el corral de enfrente de estas ruinas

donde yo he dado mis primeros pasos.


Nada más eres

sombra de una sombra,

desenfocada imagen sin sustancia

que hoy cruzó por mi mente.


Y sin embargo,

por un momento, tu perfil airoso

rompió la noche, gallo

de Grazalema, y desde qué profunda

oscuridad de un tiempo antes del tiempo,


tu canto antiguo me ha traído el alba.


jueves, 9 de marzo de 2017

En el espacio vacío (por Anne Waldman)


Estoy maquillando el espacio vacío
Todas las pátinas convergen en el espacio vacío
rubor sonrosado en el espacio vacío
Estoy maquillando el espacio vacío
pegando pestañas en el espacio vacío
pintando las cejas del espacio vacío
apilando cremas en el espacio vacío
pintando el mundo de los fenómenos
Estoy colgando adornos en el espacio vacío
clips de oro, peinetas de laca, horquillas plásticas en el espacio vacío
Estoy clavando horquillas metálicas en el espacio vacío
Derramando palabras en el espacio vacío, cautivo al espacio vacío
llenando, cargando, abarrotando el espacio vacío
revoleando collares alrededor del espacio vacío
Piensa en esto, imagina esto: pintando el mundo de los fenómenos
pulseras en las muñecas
pendientes colgando en el espacio vacío

Quería asustarte con la noche que me atemorizaba
la noche flotante, la noche gimiente
Alguien siempre se metía en medio para hacerte olvidar el espacio vacío
te pones todo
te pintas las uñas
te pones echarpes de seda
adornas constantemente el espacio vacío


Cualquiera que sea tu nombre te llamo ‘espacio vacío’
con tus fantasías, tus bailes, acéptalo
con tu extraña manera de cantar acéptalo
con tus sonrisas acéptalo
con tu enorme séquito y acumulación acéptalo
con tus buenos momentos acéptalo
con tu buena fortuna, con tu ociosa fortuna acéptalo
cuando más te parezcas a un pájaro, ese es el momento de aceptarlo
cuando estás haciendo trampas, acéptalo
cuando estás dentro de tu cabeza angustiada
cuando no eres sensata
cuando insistes en las alabanzas de muchas lenguas, ese es el momento de aceptarlo

Todo comienza en la raíz de la lengua
se inicia en la raíz del corazón
hay una médula espinal de viento
cantando y gimiendo en el espacio vacío



miércoles, 8 de marzo de 2017

Brotando del pecho (por Sharon Olds)


Cada vez que veo pechos grandes 
en una mujer pequeña, estos días, mi boca 
se abre, levemente. 
Si viene caminando por la calle, de frente hacia mí, 
es un poco doloroso dejarla pasar, 
una vez me escuché, muy despacio, 
gimiendo. Y en el tren, esa vez 
-ella no tendría más de veinte, 
alta y esbelta- el movimiento del tren 
sacudía sus mamas, constante, 
como cacerolas llenas de agua, las miré 
chapotear, dentro de la piel apretada, y sentí 
una gran tristeza. Estoy tan 
cansada y sedienta. Quiero chupar 
calor dulce, lácteo, la sabrosa 
seda de la mujer humana a lo largo de 
mi mejilla. Quiero ser un bebé, 
quiero ser pequeña y estar desnuda, o con 
un pañal seco, entre brazos tiernos 
con el pezón en mi boca –trabajarlo, con suavidad, 
laxo y generoso en mis encías– 
no necesito dientes, ni siquiera 
las estrellas 
diurnas de los dientes en potencia, quiero 
ser de huesos blandos, flexible, 
una criatura que salió del útero quizá no hace pocos días 
sí un par de semanas, quiero ser un bebé poderoso, 
consciente de la dicha, de la nutrición 
brotando del pecho como la música 
de las esferas. Y no quiero 
que sea 
mi madre. Quiero empezar de nuevo.


martes, 7 de marzo de 2017

Un tumulto tan grande (por E. E. Cummings)



tantos sí mismos (tantos demonios y dioses

cada uno más codicioso que todos) es un hombre

(tan fácilmente uno en otro se esconde;

y aún así el hombre no puede, siendo todos, escapar de ninguno)


un tumulto tan grande es el más simple deseo:

tan despiadada masacre es la esperanza

más inocente (tan profunda es la mente de la carne

y tan despierto lo que al despertar llama dormido)


que nunca está más solitario el hombre solo

(su más breve respiración dura el año de algún planeta,

su vida más larga es el latido de algún sol;

su menor movimiento vaga por la más joven estrella)


—¿cómo puede un tonto que él mismo se llama ‘yo’ presumir

de que comprende al innumerable quién?



lunes, 6 de marzo de 2017

Y toda la calma que nunca he tenido me llega (por Fernando Pessoa)


No sé dónde te he visto ni cuándo.

No sé si ha sido en un cuadro o si ha sido en el campo real, al lado de los árboles y hierbas contemporáneas del cuerpo; ha sido quizás en un cuadro, tan idílica y legible es la memoria que conservo de ti.

No sé cuándo ha sucedido esto, o si realmente ha sucedido -porque puede ser que no te viese ni en un cuadro- pero sé con todo el sentimiento de mi inteligencia que ése ha sido el momento más sosegado de mi vida.

Venías, pastorcilla leve, al lado de un buey manso y enorme, calmosos por el trazo ancho de la carretera. Desde lejos —me parece— os vi, y llegasteis junto a mí y pasasteis. Pareciste no reparar en mi presencia. Ibas lenta y guardadora descuidada del buey grande. Tu mirada se había olvidado de recordar y tenía un gran claro de vida del alma; te había abandonado la conciencia de ti misma. 


Al verte, recordé que las ciudades cambian pero los campos son eternos.

Llaman bíblicos a las piedras y a los montes porque son los mismos, del mismo modo que debieron ser los de los tiempos bíblicos.

Es en la silueta pasajera de tu figura anónima donde pongo toda la evocación de los campos, y toda la calma que nunca he tenido me llega al alma cuando pienso en ti. Tu andar tenía un balanceo leve, un ondular indefinible, en cada gesto tuyo se posaba la idea de un ave; tenías enredaderas invisibles enroscadas alrededor de tu busto. Tu silencio —era la caída de la tarde, y balaba un cansancio de rebaños, cencerreando, por las cuestas pálidas de la hora—, tu silencio era el canto del último pastor que, por olvidado de una égloga nunca escrita por Virgilio, se quedó eternamente encantado y se eterniza en los campos.

Era posible que estuvieras sonriendo; para ti tan sólo, para tu alma, viéndote a ti en tu idea, sonriendo. Pero tus labios estaban tranquilos como el perfil de los montes y el gesto, que no recuerdo, de tus manos rústicas enguirnaldado con flores de los campos.

Ha sido en un cuadro, sí, donde te he visto. ¿Pero de dónde me viene esta idea de que te vi acercarte y pasar a mi lado y yo seguir, sin volverme para atrás para estar viéndote siempre todavía?

Se detiene el Tiempo para dejarte pasar, y yo te amo cuando quiero colocarte en la vida —o en la semejanza de la vida.



domingo, 5 de marzo de 2017

Su propia voz de cosa (por Roberto Juarroz)


Los nombres no designan a las cosas:
las envuelven, las sofocan.

Pero las cosas rompen
sus envolturas de palabras
y vuelven a estar ahí, desnudas,
esperando algo más que los nombres.

Sólo puede decirlas
su propia voz de cosa,
la voz que ni ellas ni nosotros sabemos,
en esta neutralidad que apenas habla,
este mutismo enorme donde rompen las olas.



sábado, 4 de marzo de 2017

El orden de los factores (por Gata Cattana *)


Matar al padre.
Matar al hijo.

El orden de los factores

altera el producto.

Dicen los viejos, los libros,
los filósofos...
todas las fuentes de conocimiento que conozco
dicen
que es fundamental
primero
matar al padre
y luego
matar al hijo,
si lo tuvieras.

Yo he tenido muchos
muchos, tantos
que ni siquiera recuerdo
los nombres que les puse.
que ni siquiera la hora del parto,
ni la hora
de la muerte.
Tantos que
ni uno favorito,
ni mi ojito derecho,
tantos que de
tantos caínes y abeles
aquello era una guerra civil.

Y yo estaba ahí,
con el rostro serio que debe tener Yahvé
viendo,
dejándolos morir...
participando activamente
en la de algunos:

-tu quoque mater mii?
-ego quoque, ego quoque hijo mío,

con mis propias manos
con el mismo puñal que a tus hermanos
hube de matarte en favor propio
y aun así
me siguen saliendo los tiranos
desde el coño a la cabeza,
de la punta de las manos a la punta
de la lengua, cada equis tiempo
y cada equis tiempo
la sangre nos riega
la casa.

Todos los psicólogos,
las bibliotecarias, los poetas,
todas las fuentes de conocimiento
que conozco
y los farmacéuticos insisten:
es fundamental
matar al padre
y luego
matar al hijo.

Pero he tenido tantos,
he sido tan madre que
apenitas tiempo para ser hija
y mi padre sigue vivo.

Pero sólo tengo uno.


............

(*) Gata Cattana (Ana Isabel García) se nos fue de la Tierra anteayer. Hasta siempre.


Lamento por los pies de Andrew Sinclair (por Juan Gelman)


cuando en Toledo Ohio andrew sinclair
empezó a caminar sobre el mundo
dijo "esto es así" y no lloró
pensó lo verde de la época

acostó la cabeza en los pechos maternos como fatigado de pronto por tanta comprobación
los pechos daban flores de leche que caían al piso
y calentaban la memoria
ahora que andrew sinclair es grande

andrew sinclair es grande o es triste
con candelas encendidas pasó lo bajo de la noche
¡oh corazón ardiente hecho pedazos!
los fue sembrando como fieras o furias

¿pero andrew sinclair está aquí?
¿todavía hace sonar su tristeza como un terrible cañón?
¿no caza pajaritos?
¿anda por ahí andrew sinclair?

en la mitad de su memoria la mamá está de pie
dándoles de comer a las gallinas o lavando los platos
con manos lentas bellas grises
que daban brillo como el sol

y abrigaban al andrew sinclair ¡ah caminante!
los demonios del valle le comieron los pies
pero él se inclinaba bajo el sol
brillando como madre

los demonios tienen dos cuernos en la cabeza y pelos en los pies
y echan llamas por la boca y el culo
se comen los ratones sin pelar
bailan como gitanos se beben de un trago medio balde de agua

pero andrew sinclair no
él tiene un joven corazón
lleno de islas con tigres y garzas
bellísimo bellísimo

abajo de andrew sinclair había un río
y más abajo un sol
y debajo la noche
para nosotros dos





viernes, 3 de marzo de 2017

Y el policía alto encendió un cigarrillo (por Sharon Olds)



Al final del día más largo del verano ya no pudo soportar más,

subió por las escaleras de hierro hasta el techo del edificio,

y caminó por la blanda supercie de alquitrán, hasta llegar al borde,

puso una pierna sobre el complejo estaño verde de la cornisa

y les dijo que si se acercaban un paso más, se terminaba todo.

Entonces la enorme maquinaria del mundo empezó a funcionar para salvar su vida,

los policías llegaron con sus uniformes azules grisáceos como el cielo de una tarde

nublada,

y uno se puso un chaleco antibalas, un

caparazón negro alrededor de su propia vida,

la vida del padre de sus hijos, por si

el hombre estaba armado, y otro, colgado de una

soga como un signo de su deber,

apareció por un agujero en lo alto del edicio vecino

como la brillante aureola que, dicen, está en lo alto de nuestras cabezas

y empezó a acercarse con cuidado hacia el hombre que quería morir.

El policía más alto se acercó hacia él sin rodeos,

suave, lentamente, hablándole, hablando, hablando,

mientras la pierna del hombre colgaba al borde del otro mundo

y la multitud se juntaba en la calle, silenciosa, y la

inquietante red con su entramado implacable fue

desplegada cerca de la vereda y extendida y

estirada como una sábana que se prepara para recibir a un recién nacido.

Después todos se acercaron un poco más

donde él se acurrucaba al lado de su muerte, su remera

resplandecía un brillo lácteo como algo

que crece en un plato, de noche, en un laboratorio y de pronto

todo se detuvo

mientras su cuerpo se sacudía y él

bajaba del parapeto e iba hacia ellos

y ellos se acercaban a él, pensé que le iban a dar

una paliza, como una madre que ha perdido

a su hijo y le grita cuando lo encuentra, ellos

lo tomaron de los brazos y lo sostuvieron y

lo apoyaron contra la pared de la chimenea y el

policía alto encendió un cigarrillo

en su propia boca, y se lo dio a él, y

después todos encendieron sus cigarrillos, y

las colillas rojas, radiantes ardieron como

las pequeñas fogatas que encendíamos de noche

en el principio de los tiempos.




jueves, 2 de marzo de 2017

Apareces fugaz (por Felipe Benítez Reyes)


En aquel tren, camino de Lisboa,
en el asiento contiguo, sin hablarte
-luego me arrepentí.
en Málaga, en un antro con luces
del color del crepúsculo, y los dos muy fumados,
y tú no me miraste.
De nuevo en aquel bar de Malasaña,
vestida de blanco, diosa de no sé
qué vicio o qué virtud.
En Sevilla, fascinado por tus ojos celestes
y tu melena negra, apoyada en la barra
de aquel sitio siniestro,
mirando fijamente -estarías bebida- el fondo de tu copa.
En Granada tus ojos eran grises
y me pediste fuego, y ya no te vi más,
y te estuve buscando.
O a la entrada del cine, en no sé dónde,
rodeada de gente que reía.
Y otra vez en Madrid, muy de noche,
cada cual esperando que pasase algún taxi
sin dirigirte incluso
ni una frase cortés, un inocente comentario...
En Córdoba, camino del hotel, cuando me preguntaste
por no sé qué lugar en yo no sé qué idioma,
y vi que te alejabas, y maldije la vida.
Innumerables veces, también,
en la imaginación, donde caminas
a veces junto a mí, sin saber qué decirnos.
Y sí, de pronto en algún bar
o llamando a mi puerta, confundida de piso,
apareces fugaz y cada vez distinta,
camino de tus mundos, donde yo no podré
tener memoria.



miércoles, 1 de marzo de 2017

La amé sin atreverme a creerlo (por Leopoldo María Panero)


Una mujer se acercó a mí y en sus ojos
vi todos mis amores derruidos
y me asombró que alguien amase aún el cadáver,
alguien como esa mujer cuyo susurro
repetía en la noche el eco de todos mis amores aplastados
y me asombró que alguien lamiese en las costras
todavía
tercamente la sustancia que fue oro,
aquello que el tiempo purificó en nada.

Y la vi como quien ve sin creerla
en el desierto la sombra de un agua,

la amé sin atreverme a creerlo.

Y le ofrecí entonces mi cerebro desnudo,
obsceno como un sapo, obsceno como la
vida,
como la paz que para nada sirve
animándola a que día tras día lo tocase
suavemente con su lengua repitiendo
así una ceremonia cuyo sentido único
es que olvidarlo es sagrado.


martes, 28 de febrero de 2017

Y las mujeres con cubos (por Erri de Luca)


Iban los viejos a las fuentes
y las mujeres con cubos a lo largo del río
mientras el aire silbaba de proyectiles y esquirlas,
la banda musical de los asedios, junto a las sirenas.
Danubio, Sava, Drina, Neretva, Miljacka, Bosna
son los últimos ríos añadidos a las guerras del siglo veinte,
los ejércitos mordían sus orillas, derribaban sus puentes,
luces de ciudad, Chaplin, las luces de aquellas ciudades
estaban todas apagadas.
Alrededor, Europa prosperaba ilesa.
Otras madres arrodilladas acudían a las orillas,
después de que el Volga detuviera en Stalingrado al sexto
ejército de Von Paulus
y lo hiciera retroceder y lo persiguiera hasta el último puente
sobre el Esprea,
ahogando Berlín.
Las aguas de Europa todavía reflejan incendios.
El deshielo del Vístula iluminado por el hambre del gueto:
no fue bastante para el siglo veinte.
El agua en Europa vuelve a costar su equivalente en sangre.



lunes, 27 de febrero de 2017

Sobre esta gruta (por Philip Larkin)


Jan van Hogspeuw se tambalea hasta la puerta

y mea en la tiniebla. La lluvia, fuera,

fluye por surcos de carreta en el barro del camino.

Dentro, Dirk Dogstoerd se sirve un poco más

y eructando humo acerca, con tenazas, un tizón

a la pipa. El viejo Prijck ronca con la borrasca,

encendida la faz de calavera; alguien detrás bebe cerveza

y abre mejillones, y gruñe retazos de canciones

de amor a los jamones colgados de la viga.

Dirk da cartas. Árboles húmedos, del grosor

de un siglo, se agitan en la esfera sin estrellas

sobre esta gruta de quinqués, donde Jan se vuelve,

atiza el fuego, lanza la reina de corazones, pedorrea.


¡Lluvia, viento y fuego! ¡La secreta, la bestial paz!